No siempre las cosas salen bien.La ficción (y la realidad ficcionada) me ha hecho mucho daño. Siempre he deseado que en mi vida ocurriera lo que ocurre en los libros que leo. Ser de repente esa inocente Carol (
Carol de
Patricia Highsmith) que inicia una aventura que le lleva al éxito y dolor, porque lo que le ocurre es vida y en eso consiste. O ser Elsie (
El hechizo de Elsie de Patricia Highsmith) encantar, enloquecer a la gente que te rodea y morir a sus manos. O estar al lado de Elsie, conocerla, enloquecer por ella, disfrutarla y continuar viviendo a pesar de todo. Ser
Paul Bowles y viajar por Marruecos grabando canciones tradicionales (
Cabezas verdes, manos azules), conocer a Jane, vivir con ella sin comprenderla, verla enloquecer sin cambiar el gesto, sobrevivirla, tener un loro y escribir
El color púrpura. Ser la propia Patricia Highsmith y escribir novelas perversas, parecerse a un gato al envejecer y vivir-escribir Venecia. Ser
Jane Bowles, no saber vivir, escribir una gran novela única y morir en Málaga. O ser
Anthony Burgess, vivir siempre pendiente de tres dientes, escribir
Poderes terrenales y
Enderby por dentro, dos novelas imprescindibles y necesarias, y ser un hombre feo y desastroso en la vejez.
Ser, de repente, otro y que todo salga bien. Incluso cuando todo parece ser un desastre, una tragedia griega, pero en realidad todo es emocionante (para el que no lo vive, para el que lo observa desde el exterior, para el que no lo vive pero lo desea -el eterno dilema entre realidad y deseo del gran
Cernuda-).
Es inquietante eso de querer ser otro, de no conformarse con ser uno mismo. A veces, como escritor, sueño con ser periférico, o maldito, o minoritario, con ser un autor diferente a los demás, que es de lo que se trata. Un autor debe jugar a ser él mismo. Y ganar. Sólo puede ser así. Escribir (aunque a veces no se escriba una palabra durante meses), publicar (aunque a veces no merezca la pena), leer lo que se escribe en actos públicos (aunque el público sea muy reducido), encontrarse por la calle o por recitales y presentaciones (aunque siempre es preferible encontrárselos por las calles) con sus compañeros de fatigas.
Nuestra vida es así, transcurre entre la pantalla del ordenador, los encuentros casuales entre iguales, la traducción simultanea de la realidad a pura ficción, las lecturas (entre emocionantes y decepcionantes) de los compañeros de generación y los maestros y la mirada curiosa a nuestro alrededor. Imagino que la vida del escritor es así porque mi vida es así.
Pero existen otras vidas, e intento imaginarlas. Vidas de personas con las que he cruzado mis pasos por las calles de Madrid. Escritores a los que miro con una mezcla de estupor y deseo, envidia y desolación (oscilando entre estos sentimientos según mi estado de ánimo).
Imagino como puede uno sentirse siendo una marca y dedicandose a, entre otras cosas, diseñar zapatos (
Espido Freire), haciendo una gira por EEUU, dando conferencias y cenando con
premiosnobeles (
Eugenia Rico), teniendo 20 años y teniendo una columna en un periódico y un texto en un libro de la ESO (
Luna Miguel), escribiendo tantos prólogos al año que podrían ocupar 500 páginas (
Luis Antonio de Villena) o cuando tu nombre es citado en una serie de Tele
5 y encima no es para bien (
Lucia Etxebarria).
Me pregunto como puede sentirse uno así, pero, curiosamente no suelo refugiarme en sus libros, en sus ficciones. Los libros en los que me pierdo son de otros autores cuyos caminos vitales fueron más complicados, autores a los que las cosas no les salieron del todo bien y que, a pesar de todo, sobrevivieron.
A mi las cosas no me salen mal, pero tampoco puedo decir que me salgan bien, así que cuando me preguntan, aunque siempre me tienta decir que me va mal siempre digo que me va bien.
Me va bien, estoy atrapado en los túneles del metro de Madrid, de Bilbao a Puente de Vallecas una y otra vez, y viceversa, escribo son mi mirada (a veces sin necesidad de bolígrafo o teclado), me refugio en las palabras de Highsmith, Burgess y los Bowles como si con esa obsesión, con sus aventuras y desventuras, tanto ficticias como reales (siendo las reales igualmente de ficticias), pudiera salvarme de la vida, a veces tan absurda y tan miserable, me autodenomino como
huérfano de cernuda (así, en minúscula) con la intención de sentirme parte de algo, porque, al fin y al cabo quiero parecerme a alguien, aunque sea un reflejo impreciso, levemente ficticio, pero real al fin y al cabo.