
Trabajos del reino
Yuri Herrera
Editorial Periférica
Pág: 144
Periférica es una pequeña editorial que está empeñada en dedicarse a la buena literatura. Por encima del mercantilismo habitual apuesta, contra viento y marea, por un libro cuidado y de formato asequible para lectores de recorrido y nada conformistas. Entre sus loables esfuerzos está también el dar a conocer jóvenes autores hispanoamericanos que, por alejarse de las constantes más asimiladas de la literatura de la zona, son casi desconocidos en España a pesar de su evidente calidad. Es el caso de Yuri Herrera (Actopan, 1970), un joven escritor mejicano que, con su primer libro publicado, Trabajos del reino, ha conseguido una extraña unanimidad entre la crítica de su país, con la influyente Elena Poniatowska a la cabeza. El libro, ciertamente, lo merece.
En apenas un centenar de páginas, Herrera consigue algo tan difícil como condensar a su país o, al menos, una de sus imágenes más habituales y que se tiene por definitoria, la más conflictiva, la que refleja el empantanado ambiente de la frontera con el rico vecino norteamericano. La prosa elegida (y desplegada) es una escritura contundente y de bastante dureza, lo que no implica que, bajo sus salientes abigarrados, no subyazca un lirismo de enorme fuerza conmovedora. Para ello, Trabajos del reino opta por emular las resonancias de un corrido norteño para relatar una tragedia sobre el poder, de sabor casi shakespeariniano, que muestra la servidumbre que éste le exige siempre al arte como medio para proyectar una imagen satisfecha e interesada de sí mismo. El protagonista, Lobo, precisamente un cantante de corridos, se encuentra una noche con la imponente autoridad del Rey, un narco muy poderoso que le acoge en su corte palaciega procurándole, por fin, un lugar en el orden social. “Era un rey”, leemos, “y a su alrededor todo cobraba sentido. Los hombres luchaban por él, las mujeres parían para él; él protegía y regalaba, y cada cual, en el reino, tenía por su gracia un lugar preciso”. Tras una primera etapa de fascinación, Lobo, a quien conocen en la corte como “el Artista”, vivirá un proceso de paulatino desencanto al percatarse de la verdadera miseria que subyace bajo los serviles cortesanos y, por encima de todo, de la inseguridad y la temporalidad del poder del Rey.
Construida a través de la oralidad mestiza del norte del país, de sus entrelazados modos de habla a ambos lados de la frontera del Río Grande y mediante la estructura de la fábula, Herrera consigue contar una historia de mujeres fatales, intrigas palaciegas y traiciones eludiendo con destreza los clichés lingüísticos y periodísticos más comunes en la mayoría de las aproximaciones al narcotráfico. La historia es abordada, así, de manera directa, mostrando (y elaborando) el mundo de las altas esferas criminales por medio del desarrollo psicológico de los distintos personajes-arquetipo. La crudeza de un mundo donde las cosas se redefinen para amoldarse al deseo de los poderosos tiene su reflejo en el lenguaje de la novela. Los personajes (el Periodista, el Heredero, la Cualquiera, la Bruja, el Joyero, el Traidor) deben ganarse un nombre en la corte del Rey, y hacerlo a través de su específico cometido, de su oficio, como también hará el Artista al darse cuenta “que la gente reparaba en él sólo cuando cantaba o cuando querían que alguien escuchara lo cabrones que eran.”
Trabajos del Rey es, sobre todo, un libro que, como su protagonista, expone “las cosas como son” y que acude para conseguirlo a la esencia del corrido mejicano, a su regusto a balada o romance medieval para poder construir una historia sobre el perenne conflicto entre arte y poder. Y nada mejor para ello que un triste y hermosos corrido, un canto que “no es un cuadro pegado a una pared” sino “un hombre y un arma”, un canto épico, sí, pero que “no es nomás verdadero, es bonito y hace justicia”. Amén.
Rubén Sáez Carrasco
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