Llegué otra vez tarde, perdido en una combinación de líneas que me trajo de nuevo esa sensación de extraño en md, de la que sabe mucho Iñaki Echarte.
(Eduardo Laporte en El náuGrafo digital)

20 junio 2009

la (oscura) dulce ira


Luisge Martín publicó su primera novela hace casi quince años. Se llama La dulce ira y como dice la contraportada es “un libro inquietante”, donde se plante la siguiente tesis: si usa el culto su sabiduría y el hermoso su belleza, ¿qué mal hay en que el fuerte use la violencia?
Algo tiene que tener esta novela para que el autor tema que el lector no pueda terminarlo o deje de pensar en cultivar amistad con él. La dulce ira es una novela sangrienta, sin apenas descanso, a veces de una forma irracional, pero al mismo tiempo es una novela bella (a su manera, claro). Y habla de algo que últimamente me interesa y que también se deja ver en su magnifico libro de cuentos Los oscuros. Habla sobre esa necesidad humana de coleccionar al tiempo que se deja huella. En este caso Geronimo colecciona cadáveres, pero también hace una lista de mujeres bellas, en la que anota el nombre, el lugar y la postura en las que la diviso por primera (y casi siempre única) vez.
Pero en La dulce ira hay mucho más de lo que os pueda (deba) contar aquí. Y me temo que tendréis que descubrirlo con el libro en las manos. Seguro que después de leer, ya en el primer capitulo, la muerte de Fray Sebastián, con “un alarido como relincho, una vociferación en la que el dolor tenía un aire de lejana delicia”, no podréis abandonar su lectura.


Años más tarde, durante el último de sus viajes, vio en los desiertos de África una pequeña piedra de gran belleza. La sujetó entre las manos y la alzó hacia el cielo para que el fuego del sol encendiera sus cristales. Conmovido, la guardó luego en el bolsón y continuó la ruta. Dos días después encontró otra piedra del mismo material más hermosamente tallada por la naturaleza. Desde entonces siguió encontrando en su camino, como si un rastro lo guiara piedras cada vez más bellas. Al fin, halló una tan primorosa como un diamante. Su rasa superficie, contada en ángulos afilados, relucía de oros y azules. Uno de sus lados tenía forma de perfecta esfera, y por una hendidura delgada que lo partía en mitades rodaba delicadamente la arena. La primera piedra que días atrás viera, guardada en su bolsón aún, le parecía ya, al volverla a mirar ahora junto a la que acababa de hallar, tosca y fea. Así, examinando la última, no pensó Geronimo que mereciera admiración, sino que los ojos que la admiraban eran indoctos y los afectos fugaces. No pensó en las piedras que había ido encontrando, sino en aquella otra, la más hermosa, que no encontraría nunca.

Luis G. Martín. La dulce ira. Alfaguara, 1995.

1 comentarios:

irene dijo...

si usa el culto su sabiduría y el hermoso su belleza... a el fuerte le corresponde usar su fortaleza, no? no la violencia. o es que la fuerza implica violencia per se?
esa tesis se la ha sacao de la manga, mucha cara...

la idea de la busqueda de la belleza me gusta más, pero no entendida como perfección. por suerte la belleza es subjetiva y sí se puede aspirar a encontrar lo más bello, lo más bello pa tí claro...

de todas maneras... si me lo dejas me lo leo, mucha cara yo también...;P

ciao bello!
;)