Los elefantes no están hechos para levantarse del suelo, y la imagen resultaba nauseabunda, una especie de reprimenda al orden natural: como si encontraran fósiles en un cementerio o lloviera bacalao en salmuera en el desierto. Se hizo el silencio bajo las lámparas de foco humeantes. Las patas regordetas de Mary se agitaron en el aire, y luego, una sola vez, y después de un buen rato, sus ojos se abrieron como platos al entender lo que estaba pasando. La trompa se elevó, recta; se oyó un bramido breve, decepcionado y medio estrangulado y por fin Mary se quedó flácida y sin vida.
Nadie sabe con certeza cúanto tiempo pasó colgado el elefante sobre Wilwood Hill. Un hombre con conocimientos de fotografía nocturna ofreció a la gente posar con el cadaver, pero no hubo interesados.
Glen David Golg. Las lágrimas de Squonk, y lo que sucedió después. Incluido en Lo mejor de McSweeney's. Volumen II. Edición al cuidado de Dave Eggers. Debolsillo, 2007.
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