- Tengo algo de hambre -les confesó mientras ellos lo rodeaban-. Sabrán disculparme, ¿no es cierto?
- Sabes, el último tipo, con todos aquellos libros, es un auténtico coleccionista tuyo -le conte a Burgess en el almuerzo-. Posee el mayor archivo privado de Burgess.
- ¿Qué tipo?
- Lettfish. Te cree el más elocuente de los novelistas modernos.
- Gilipolleces.
(...)
Los hombres de Burgess vivían con un constante malestar físico, eran unos románticos, tendían a ser cultos, la dentadura postiza siempre se les movía. Se sentían fuera de lugar en las grandes ciudades, en particular en las ciudades americanas. Les asustaba la delincuencia, los gamberros; viajaban mucho, pero lo odiaban. Eran moralmente fuertes, a menudo se sentían indignados, pero físicamente eran unos cobardes. Acababan in válidos y arruinados en lugar de dramáticamente muertos. Incluso los más lerdos hablaban varios idiomas.
Todos eran, en suma, Anthony Burgess´
Paul Theroux. Mi otra vida. Seix Barral, 2003.

[y muchas gracias a José María Mijangos por ayudarme a descubrir, poco a poco, a Burgess]
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