Extramuros la luna se detuvo.
Jesús Fernández Santos. Extramuros. Seix Barral, 1985.
Llegué otra vez tarde, perdido en una combinación de líneas que me trajo de nuevo esa sensación de extraño en md, de la que sabe mucho Iñaki Echarte.
(Eduardo Laporte en El náuGrafo digital)
(Eduardo Laporte en El náuGrafo digital)
28 febrero 2009
27 febrero 2009
fiesta para una mujer sola

Rey Lear ha tenido la brillante idea de publicar la novela maldita de Ángel Vázquez, autor de La vida perra de Juanita Narboni, uno de los mejores títulos, tanto por fuera como por dentro, que se pueden colocar en unas estanterías.
La novela en cuestión es Fiesta para una mujer sola (menuda mano tenía Vázquez para los títulos!). Intentó publicarla dos años después de ganar el Premio Planeta, pero la censura franquista secuestro la novela y la relegó al olvido. Esto ocurrió hace 45 años y hasta hoy ha estado prácticamente inédita. Hasta que la editorial rey Lear, también en silencio, pero sin estridencias opositoras, la ha reeditado para el deleite de nuestra libertad.
Considerada como un preludio de La vida perra de Juanita Narboni, la edición de esta novela llena un vacío que es necesario cubrir.
La novela en cuestión es Fiesta para una mujer sola (menuda mano tenía Vázquez para los títulos!). Intentó publicarla dos años después de ganar el Premio Planeta, pero la censura franquista secuestro la novela y la relegó al olvido. Esto ocurrió hace 45 años y hasta hoy ha estado prácticamente inédita. Hasta que la editorial rey Lear, también en silencio, pero sin estridencias opositoras, la ha reeditado para el deleite de nuestra libertad.
Considerada como un preludio de La vida perra de Juanita Narboni, la edición de esta novela llena un vacío que es necesario cubrir.
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Ángel Vázquez
26 febrero 2009
entre el arte y el poder

Trabajos del reino
Yuri Herrera
Editorial Periférica
Pág: 144
Periférica es una pequeña editorial que está empeñada en dedicarse a la buena literatura. Por encima del mercantilismo habitual apuesta, contra viento y marea, por un libro cuidado y de formato asequible para lectores de recorrido y nada conformistas. Entre sus loables esfuerzos está también el dar a conocer jóvenes autores hispanoamericanos que, por alejarse de las constantes más asimiladas de la literatura de la zona, son casi desconocidos en España a pesar de su evidente calidad. Es el caso de Yuri Herrera (Actopan, 1970), un joven escritor mejicano que, con su primer libro publicado, Trabajos del reino, ha conseguido una extraña unanimidad entre la crítica de su país, con la influyente Elena Poniatowska a la cabeza. El libro, ciertamente, lo merece.
En apenas un centenar de páginas, Herrera consigue algo tan difícil como condensar a su país o, al menos, una de sus imágenes más habituales y que se tiene por definitoria, la más conflictiva, la que refleja el empantanado ambiente de la frontera con el rico vecino norteamericano. La prosa elegida (y desplegada) es una escritura contundente y de bastante dureza, lo que no implica que, bajo sus salientes abigarrados, no subyazca un lirismo de enorme fuerza conmovedora. Para ello, Trabajos del reino opta por emular las resonancias de un corrido norteño para relatar una tragedia sobre el poder, de sabor casi shakespeariniano, que muestra la servidumbre que éste le exige siempre al arte como medio para proyectar una imagen satisfecha e interesada de sí mismo. El protagonista, Lobo, precisamente un cantante de corridos, se encuentra una noche con la imponente autoridad del Rey, un narco muy poderoso que le acoge en su corte palaciega procurándole, por fin, un lugar en el orden social. “Era un rey”, leemos, “y a su alrededor todo cobraba sentido. Los hombres luchaban por él, las mujeres parían para él; él protegía y regalaba, y cada cual, en el reino, tenía por su gracia un lugar preciso”. Tras una primera etapa de fascinación, Lobo, a quien conocen en la corte como “el Artista”, vivirá un proceso de paulatino desencanto al percatarse de la verdadera miseria que subyace bajo los serviles cortesanos y, por encima de todo, de la inseguridad y la temporalidad del poder del Rey.
Construida a través de la oralidad mestiza del norte del país, de sus entrelazados modos de habla a ambos lados de la frontera del Río Grande y mediante la estructura de la fábula, Herrera consigue contar una historia de mujeres fatales, intrigas palaciegas y traiciones eludiendo con destreza los clichés lingüísticos y periodísticos más comunes en la mayoría de las aproximaciones al narcotráfico. La historia es abordada, así, de manera directa, mostrando (y elaborando) el mundo de las altas esferas criminales por medio del desarrollo psicológico de los distintos personajes-arquetipo. La crudeza de un mundo donde las cosas se redefinen para amoldarse al deseo de los poderosos tiene su reflejo en el lenguaje de la novela. Los personajes (el Periodista, el Heredero, la Cualquiera, la Bruja, el Joyero, el Traidor) deben ganarse un nombre en la corte del Rey, y hacerlo a través de su específico cometido, de su oficio, como también hará el Artista al darse cuenta “que la gente reparaba en él sólo cuando cantaba o cuando querían que alguien escuchara lo cabrones que eran.”
Trabajos del Rey es, sobre todo, un libro que, como su protagonista, expone “las cosas como son” y que acude para conseguirlo a la esencia del corrido mejicano, a su regusto a balada o romance medieval para poder construir una historia sobre el perenne conflicto entre arte y poder. Y nada mejor para ello que un triste y hermosos corrido, un canto que “no es un cuadro pegado a una pared” sino “un hombre y un arma”, un canto épico, sí, pero que “no es nomás verdadero, es bonito y hace justicia”. Amén.
Rubén Sáez Carrasco
24 febrero 2009
todos, en la gran ciudad, encuentran lo que ya llevaban dentro
Coincidiendo con la aparición de sus cuentos completos en varias (muchas) editoriales, encuentro este fragmento que hace referencia a su persona y a Londres, aunque lo mismo podría ser otra ciudad e, incluso, otro autor; todos, en la gran ciudad, encuentran lo que ya llevaban dentro.
Es al atardecer; no sabemos el año, aunque por fuerza ha de ser entre 1827 y 1830. Aquel muchacho que vive en Londres, con sus padres adoptivos, en el número 31 de Southampton Road, se ha sentado, un día de otoño, ante la vidriera de un café céntrico, en una de las calles principales de la ciudad. Fuma, lee, pero, sobre todo, mira pasar la gente. Cuando oscurece, aumenta el ir y venir; en el momento de encender los faroles de la calle. Dos corrientes –espesas y constantes, agobiadoras- de gente que va y viene y se empuja ante la puerta del café. Gente atareada, que va a hacer algún encargo, y también jugadores, con chaqueta de terciopelo y corbata, y prostitutas leprosas bajo los harapos, o bien embadurnadas con maquillajes cadavéricos; borrachos, carboneros, gitanos que tocan el piano de manubrio o exhiben un macaco de aire siniestro en las esquinas populosas. En la claridad de sueños de las farolas de gas, cuando la irrealidad de aquella masa se va haciendo cada vez más compacta, el joven observador ve, de súbito, a un hombre viejo, flaco, de aire inquieto. Bajo la bruma que lo va invadiendo todo poco a poco, o bajo la lluvia violenta y densísima que ahora cae de golpe, el hombre, diabólico, va andando y, fascinado, el joven le sigue, hasta el más turbio corazón de la ciudad, andando, andando –por calles vacías, por calles pobladísimas, por plazas colmadas de gente, por callejones de sordidez fétida- hasta llegar al barrio más malsano, con casa antiguas y ruinosas, de madera podrida, parajes de desolación y de cochambre donde viven los marginados y los rufianes. El desconocido no para, y el muchacho que lo sigue acaba por comprenderlo: frenético, como un condenado del infierno de Dante, tiene que moverse por la ciudad buscando los esponsales, monstruosos, con una compañía anónima, colectiva, infamante, sin nombre y sin cara. Y cuando, ahora, adulto, aquel muchacho – es ya todo un hombre y se llama Edgar Allan Poe- lo recuerda, cuando evoca la visión de aquel atardecer de otoño, puede comprender claramente su sentido: “Aquel viejo es el tipo y el genio del crimen profundo. No acepta estar solo. Es el hombre de la multitud.” Visión terrorífica, irreal; intuición del lado oscuro y amenazador de la ciudad moderna.(…)
Es curioso: todos, en la gran ciudad, encuentran lo que ya llevaban dentro. Poe, la pesadilla inquietante y enigmatica.
Pere Gimferrer. Noche en el Ritz. Anagrama, 1996.
Es al atardecer; no sabemos el año, aunque por fuerza ha de ser entre 1827 y 1830. Aquel muchacho que vive en Londres, con sus padres adoptivos, en el número 31 de Southampton Road, se ha sentado, un día de otoño, ante la vidriera de un café céntrico, en una de las calles principales de la ciudad. Fuma, lee, pero, sobre todo, mira pasar la gente. Cuando oscurece, aumenta el ir y venir; en el momento de encender los faroles de la calle. Dos corrientes –espesas y constantes, agobiadoras- de gente que va y viene y se empuja ante la puerta del café. Gente atareada, que va a hacer algún encargo, y también jugadores, con chaqueta de terciopelo y corbata, y prostitutas leprosas bajo los harapos, o bien embadurnadas con maquillajes cadavéricos; borrachos, carboneros, gitanos que tocan el piano de manubrio o exhiben un macaco de aire siniestro en las esquinas populosas. En la claridad de sueños de las farolas de gas, cuando la irrealidad de aquella masa se va haciendo cada vez más compacta, el joven observador ve, de súbito, a un hombre viejo, flaco, de aire inquieto. Bajo la bruma que lo va invadiendo todo poco a poco, o bajo la lluvia violenta y densísima que ahora cae de golpe, el hombre, diabólico, va andando y, fascinado, el joven le sigue, hasta el más turbio corazón de la ciudad, andando, andando –por calles vacías, por calles pobladísimas, por plazas colmadas de gente, por callejones de sordidez fétida- hasta llegar al barrio más malsano, con casa antiguas y ruinosas, de madera podrida, parajes de desolación y de cochambre donde viven los marginados y los rufianes. El desconocido no para, y el muchacho que lo sigue acaba por comprenderlo: frenético, como un condenado del infierno de Dante, tiene que moverse por la ciudad buscando los esponsales, monstruosos, con una compañía anónima, colectiva, infamante, sin nombre y sin cara. Y cuando, ahora, adulto, aquel muchacho – es ya todo un hombre y se llama Edgar Allan Poe- lo recuerda, cuando evoca la visión de aquel atardecer de otoño, puede comprender claramente su sentido: “Aquel viejo es el tipo y el genio del crimen profundo. No acepta estar solo. Es el hombre de la multitud.” Visión terrorífica, irreal; intuición del lado oscuro y amenazador de la ciudad moderna.(…)
Es curioso: todos, en la gran ciudad, encuentran lo que ya llevaban dentro. Poe, la pesadilla inquietante y enigmatica.
Pere Gimferrer. Noche en el Ritz. Anagrama, 1996.
22 febrero 2009
todo es, ahora, oscar wilde

Todo es, ahora, Oscar Wilde. Al tiempo que recuerdo en mi otro blog un pequeño fragmento (acerca del amor que no osa a decir su nombre) que el autor pronunció en el juicio al que fue sometido, releo Los procesos contra Oscar Wilde, que Valdemar publicó, por primera vez, en 1996 y lo comparo con El marqués y el sodomita. Oscar Wilde ante la justicia, publicado el año pasado en la colección papel de liar (dentro de la editorial Global Rhythm Press), y recuperado por el nieto y biografo de Wilde, Merlin Holland.
No puedo dejar de recuperar el momento cumbre del juicio, un comentario sobre un poema de lord Alfred Douglas:GILL: (…) El siguiente poema se titula dos amores. Contiene estos versos:
Dulce juventud,
dime por qué triste y suspirante vagas
por estas agradables regiones. Te suplico que me digas en verdad
cuál es tu nombre. Me dijo: “Mi nombre es amor”.
Entonces el primero se volvió hacia mí, gritando:
“Miente, porque su nombre es vergüenza.
Pero yo soy el amor, y yo debería estar
solo en este bello jardín, hasta que él viniera
sin que se lo pidiese, en la noche. Yo soy el verdadero amor, yo lleno
los corazones del muchacho y la niña con mutua llama”.
Entonces, suspirando, dijo el otro: “Cumple tu deseo
yo soy el amor que no osa decir su nombre”.
¿Le explicaron este poema?
WILDE: Creo que es suficientemente claro.
GILL: ¿No puede responder qué es lo que significa?
WILDE: ¡Claro que no!
GILL: ¿No está claro que se refiere al amor natural y al amor contra natura?
WILDE: no.
GILL: ¿Cuál es el amor “que no osa decir su nombre”?
WILDE: El amor que no osa decir su nombre, en este siglo, es el amor de un hombre maduro y un hombre joven, como el que existía entre David y Jonathan; tal como Platón usó como verdadera base de su filosofía, y tal como el que se encuentra en los sonetos de Miguel Ángel y Shakespeare. Es un afecto hondo y espiritual, tan puro como perfecto. Inspira y colma grandes obras de arte como son las de Shakespeare y Miguel Ángel, y las dos cartas mías, tal como son. En este siglo hay un concepto tan erróneo de él que se puede definir como “el amor que no osa decir su nombre”, y que, por esta razón estoy colocado donde estoy ahora. Es la más hermosa, la más fina, la más noble forma del afecto. No hay nada contra la naturaleza en ello. Es intelectual y existe repetidamente entre los hombres maduros y los jóvenes, cuando el hombre tiene inteligencia y el joven tiene toda la alegría, la esperanza y el encanto de la vida delante de él. Que deba ser así, el mundo no lo comprende. El mundo se burla y algunas veces lo pone en la picota por él. (Fuertes aplausos, que se mezclan con algunos silbidos).
18 febrero 2009
teníamos veinte años
Teníamos veinte años y
nos volvimos locos
el uno por el otro.
Hoy con... cuarenta
seguimos locos
aunque ya
cada uno por su cuenta.
Ajo. Micropoemas 2. Arrebato Libros, 2008.
nos volvimos locos
el uno por el otro.
Hoy con... cuarenta
seguimos locos
aunque ya
cada uno por su cuenta.
Ajo. Micropoemas 2. Arrebato Libros, 2008.
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Ajo Micropoesia
17 febrero 2009
16 febrero 2009
el dolor de ser hombre

Conseguí una vieja edición de Miedo y asco en Las Vegas de Hunter S. Thompson en una librería de viejo. La novela es hipnótica, delirante, violenta y salvaje, y se resume bastante bien con una frase que se cita como una advertencia a los traficantes de heroína: Puedes correr pero no puedes ocultarte. Aunque a mi me guste más la cita del Dr. Johnson, sea quien sea, con la que se abre el libro: Aquel que se convierte en una fiera / se libra del dolor de ser hombre.
13 febrero 2009
10 febrero 2009
quiero irme y no puedo
MECANÓGRAFA
Deseo marchar de esta casa.
VIEJO
Pues es bien fácil, ¿no?
JOVEN
(Turbado) ¡Verá usted!...
MECANÓGRAFA
Quiero irme y no puedo
JOVEN
(Dulce) No soy yo quien te retiene. Ya sabes que no puedo hacer nada. Te he dicho algunas veces que te esperaras, pero tú…
MECANÓGRAFA
Pero yo no espero ¿qué es eso de esperar?
VIEJO
(Serio) ¿Y por que no? Esperar es creer y vivir.
MECANÓGRAFA
No espero porque no me da la gana, porque no quiero y sin embargo no me puedo mover de aquí.
Federico García Lorca. Así pasen cinco años. Cátedra, 2003
Deseo marchar de esta casa.
VIEJO
Pues es bien fácil, ¿no?
JOVEN
(Turbado) ¡Verá usted!...
MECANÓGRAFA
Quiero irme y no puedo
JOVEN
(Dulce) No soy yo quien te retiene. Ya sabes que no puedo hacer nada. Te he dicho algunas veces que te esperaras, pero tú…
MECANÓGRAFA
Pero yo no espero ¿qué es eso de esperar?
VIEJO
(Serio) ¿Y por que no? Esperar es creer y vivir.
MECANÓGRAFA
No espero porque no me da la gana, porque no quiero y sin embargo no me puedo mover de aquí.
Federico García Lorca. Así pasen cinco años. Cátedra, 2003
06 febrero 2009
era anti-salinger
En el Babelia de la semana pasada, Edmundo Paz Soldán escribió un artículo revelador sobre la promoción a la que los autores actuales se prestaban. Se titula En la era anti-Salinger:
Hace algunos años, el novelista norteamericano John Updike se quejó de que, por primera vez en su vida, su editorial lo obligaba a visitar librerías y leer capítulos de su nueva novela, para promocionarla. Desde entonces, las cosas no han hecho más que intensificarse. Vemos a los escritores en todas partes: están presentando libros en ferias, discutiendo la obra de otros autores en festivales de literatura que no cesan de proliferar... Pronto, todas las ciudades del mundo tendrán un festival o una feria del libro.
Si Updike se quejaba era porque pertenecía a otra época: su gesto era la versión mínima de Salinger y Pynchon, quienes decidieron desaparecer para que la obra hablara por cuenta propia. Hoy, en la era anti-Salinger, son pocos los escritores que dicen no a las invitaciones. Los más creativos aceptan la invitación, y luego buscan la manera de estar sin estar. Es el caso del peruano-mexicano Mario Bellatin, que a veces ha tenido presentaciones en las que no ha hablado una sola palabra. Unas diapositivas y una grabadora con su voz han hecho lo suyo. Bellatin dice al respecto: "escribo porque es la única manera que tengo de expresarme... ¿Por qué ponen tanto el cuerpo los escritores? ¿De qué se trata, es teatro o es una performance? ¿Gana quien deslumbra más, el que hace más piruetas?"
Durante un buen tiempo, yo pensé que el fenómeno de la proliferación de festivales y ferias del libro se debía sobre todo a un tema de gestión de la cultura: las ciudades -las grandes, las medianas, las pequeñas— necesitan una amplia oferta cultural, y una de las cosas de más amplia difusión e impacto resulta ser el festival de literatura. En mis momentos más optimistas, también creí que se podía tratar de un resurgimiento del interés en la literatura. El libro vuelve a ocupar un lugar privilegiado, me dije; con la romántica recuperación de su aura, todos quieren tener un escritor a mano.
Esos factores sólo explican una parte del fenómeno. Ahora creo que la cosa es más compleja, y no tan optimista. El exceso de festivales, de ferias de libro y de congresos, se debe principalmente a una conjunción de ansiedades. Por un lado, en una ecología de medios inundada de ofertas, las editoriales deben luchar para hacerse de un espacio, y los deseos de promocionar a sus autores van de la mano con el interés genuino de los promotores culturales para dar relevancia al libro. Por otro lado, hay una creciente sensación de que la palabra escrita ya no es suficiente. Ésta necesita que la acompañe la figura del autor, la lectura de un texto en voz alta, la performance.
Hay una respuesta para la aguda pregunta de Bellatin ("¿por qué ponen tanto el cuerpo?"): a pesar del star system que los acompaña estos días, los escritores saben que se sostienen en un lugar muy precario. Si los vemos por todas partes, debemos preocuparnos: significa que una nueva fe ha tomado los templos, y que el autor, con el fervor de los cruzados, ha salido a defender la novela, la poesía, el ensayo.
Hace algunos años, el novelista norteamericano John Updike se quejó de que, por primera vez en su vida, su editorial lo obligaba a visitar librerías y leer capítulos de su nueva novela, para promocionarla. Desde entonces, las cosas no han hecho más que intensificarse. Vemos a los escritores en todas partes: están presentando libros en ferias, discutiendo la obra de otros autores en festivales de literatura que no cesan de proliferar... Pronto, todas las ciudades del mundo tendrán un festival o una feria del libro.
Si Updike se quejaba era porque pertenecía a otra época: su gesto era la versión mínima de Salinger y Pynchon, quienes decidieron desaparecer para que la obra hablara por cuenta propia. Hoy, en la era anti-Salinger, son pocos los escritores que dicen no a las invitaciones. Los más creativos aceptan la invitación, y luego buscan la manera de estar sin estar. Es el caso del peruano-mexicano Mario Bellatin, que a veces ha tenido presentaciones en las que no ha hablado una sola palabra. Unas diapositivas y una grabadora con su voz han hecho lo suyo. Bellatin dice al respecto: "escribo porque es la única manera que tengo de expresarme... ¿Por qué ponen tanto el cuerpo los escritores? ¿De qué se trata, es teatro o es una performance? ¿Gana quien deslumbra más, el que hace más piruetas?"
Durante un buen tiempo, yo pensé que el fenómeno de la proliferación de festivales y ferias del libro se debía sobre todo a un tema de gestión de la cultura: las ciudades -las grandes, las medianas, las pequeñas— necesitan una amplia oferta cultural, y una de las cosas de más amplia difusión e impacto resulta ser el festival de literatura. En mis momentos más optimistas, también creí que se podía tratar de un resurgimiento del interés en la literatura. El libro vuelve a ocupar un lugar privilegiado, me dije; con la romántica recuperación de su aura, todos quieren tener un escritor a mano.
Esos factores sólo explican una parte del fenómeno. Ahora creo que la cosa es más compleja, y no tan optimista. El exceso de festivales, de ferias de libro y de congresos, se debe principalmente a una conjunción de ansiedades. Por un lado, en una ecología de medios inundada de ofertas, las editoriales deben luchar para hacerse de un espacio, y los deseos de promocionar a sus autores van de la mano con el interés genuino de los promotores culturales para dar relevancia al libro. Por otro lado, hay una creciente sensación de que la palabra escrita ya no es suficiente. Ésta necesita que la acompañe la figura del autor, la lectura de un texto en voz alta, la performance.
Hay una respuesta para la aguda pregunta de Bellatin ("¿por qué ponen tanto el cuerpo?"): a pesar del star system que los acompaña estos días, los escritores saben que se sostienen en un lugar muy precario. Si los vemos por todas partes, debemos preocuparnos: significa que una nueva fe ha tomado los templos, y que el autor, con el fervor de los cruzados, ha salido a defender la novela, la poesía, el ensayo.
04 febrero 2009
sobre orejas perdidas

En uno de los pocos sueños de juventud que recuerdo me daba cuenta de que mi oreja derecha estaba torcida. Me la quitaba y la limpiaba con cuidado. Después me la volvía a colocar, pero no conseguía que quedara en su posición original, a pesar del empeño que ponía. Este sueño, grabado a fuego en mi memoria vuelve a primer plano al leer el siguiente párrafo: De pronto veo bajo una de las mesas de delante una oreja mía en el suelo. Tiene que habérseme caído sin que nadie lo advierta en pleno estruendo. Por lo visto nadie lo ha notado. No quiero llamar la atención con actos precipitados. Voy al lavabo y me miro en el espejo. Es cierto, mi oreja izquierda ha desaparecido. Debo de haberla perdido con el sobresalto de los alaridos. Veo en el suelo mi oreja, como un pastelillo de color claro que se le ha caído a algún niño a la suciedad. Reflexiono un momento si cojo la oreja y me la llevo. Pero no puedo reflexionar, estoy petrificado. Siento un poco de mareo, no puedo tomar una decisión. Cubro a duras penas con el pelo el lugar donde estuvo antes la oreja. Salgo del lavabo y me esfuerzo por no mirar otra vez mi oreja, que se queda en el bar. Lo cierto es que entre la oreja y yo hay una inmensa distancia. Me abro paso entre la gente y pago en el mostrador. Este es el fascinante punto de partida de la última novela del alemán William Genazino, Un poco de nostalgia. El comienzo de la caída, o del leve asentamiento en una realidad cotidiana, más bien absurda, de Ditier Rotmund, un hombre maduro, que trabaja en una compañía farmacéutica y que parece no entender demasiado bien la realidad que le rodea. Así que la acepta con indeferencia y se limita ver la vida pasar.
La perdida de su oreja será sólo el principio de una odisea muy al estilo de Peter Handke. Sufrirá otras pérdidas, y no todas físicas y comenzará a sentirse diferenta a las personas que le rodean. Sé sin embargo que desde hace poco, desde que me falta la oreja, soy una de esas personas con una marca que le convierte en un ser extraño y que los demás me miran a hurtadillas.
Un poco de nostalgia nos habla de las dificultades de ciertas personas para enfrentarse a los ritmos cotidianos. Ditier es un simple espectador, consciente de que “la vida es inaceptable, en principio, pero luego una la acepta, aunque, en el fondo esa aceptaciones acompañe de soledad, incomunicación y un leve sentimiento de extrañeza.
Hace años, en un sueño, perdí me quite una oreja y tomé la decisión de volver a ponérmela. Pero aún noto, casi como Ditier, que la oreja no encaja en su sitio. A veces aparento estar integrado en esta sociedad, pero, casi como Ditier, solamente finjo que estoy como uno más.
Un poco de nostalgia es, desde ya, uno de los libros de este año; imprescindible y revelador.
La perdida de su oreja será sólo el principio de una odisea muy al estilo de Peter Handke. Sufrirá otras pérdidas, y no todas físicas y comenzará a sentirse diferenta a las personas que le rodean. Sé sin embargo que desde hace poco, desde que me falta la oreja, soy una de esas personas con una marca que le convierte en un ser extraño y que los demás me miran a hurtadillas.
Un poco de nostalgia nos habla de las dificultades de ciertas personas para enfrentarse a los ritmos cotidianos. Ditier es un simple espectador, consciente de que “la vida es inaceptable, en principio, pero luego una la acepta, aunque, en el fondo esa aceptaciones acompañe de soledad, incomunicación y un leve sentimiento de extrañeza.
Hace años, en un sueño, perdí me quite una oreja y tomé la decisión de volver a ponérmela. Pero aún noto, casi como Ditier, que la oreja no encaja en su sitio. A veces aparento estar integrado en esta sociedad, pero, casi como Ditier, solamente finjo que estoy como uno más.
Un poco de nostalgia es, desde ya, uno de los libros de este año; imprescindible y revelador.
02 febrero 2009
diego medrano entrevita a pere gimferrer (4ª parte)
www.alexlootz.comEntrevista grabada de Diego Medrano a Pere Gimferrer.
Encuentro en sede Planeta.
Avda Diagonal 662.
Baile de capuchas mojadas alrededor y pájaros de un sólo ojo.
Divino Gimferrer, con su canto de colibrí.
01 febrero 2009
medrano, a veces cuerdo, a veces loco

Diego Medrano:
Aveces cuerdo.
Oviedo, Eikasia ediciones, 2007, 100 páginas.
Conocí a Diego Medrano en el Círculo de Bellas Artes, hace exactamente un año. Presentaba Diario de un artista echado a perder. Un libro absorbente, encantador (de mentes). Durante la presentación alternaba momentos de vehemencia exagerada, que lo dejaba al límite de la extenuación, y momentos de autentico humor negro con el que conseguía relajar al auditorio. A veces loco, a veces cuerdo. El público era, por decirlo de alguna forma, reducido. No es Medrano un autor que arrastre masas. Sus seguidores no son muchos, pero es un grupo minoritario, selecto y, a veces, invisible. Me interesaba mucho el libro, recuerdo que lo leí frenéticamente. También me interesaba el autor-personaje, huidizo e inteligente. Así que al finalizar el acto me acerqué a la mesa, con la intención de que me firmara el libro. Recuerdo que estaba abrumado, que tenía, incluso un poco de miedo. Quizás por la posibilidad de recibir algún improperio de Medrano (que ahora que lo pienso sería un lujo). Pero el se comportó como un buen hombre y un buen escritor. Me pregunto que es lo que estaba haciendo, que tal me iba y alguna que otra cosa que me da vergüenza contar. A veces cuerdo, a veces loco.
Recuerdo que dijo que tenía pendiente de publicar algunos libros más, pero todos en editoriales diferentes y marginales. Me encantó. En un mundo en el que la mayoría de los escritores quieren (queremos) publicar a lo grande, que un grande quiera publicar a lo pequeño, me parece, como mínimo, elogiable. Un ser contracorriente, que dirige su carrera por los pequeñas editoriales artesanas. A veces cuerdo, de la editorial asturiana Eikasia es una de ellos. Medrano nos cuenta en la contraportada que el libro fue “ejecutado como suicidio la noche del viernes/25 de mayo al sábado/26 de mayo” mientras “por episodios […] una mujer se metía un ratoncito vivo por el coño todo el rato”. Pues eso.
El libro lo componen 101 poemas ultracortos con connotaciones sexuales que luego no suelen serlo tanto. Así el poema Superdotado dice.”Yo fui un niño superdotado: / al nacer ya tenía melena”. En otros se potencia la belleza: “Al juntarse los labios /que antes no se buscaron / dieron lugar al mármol”. O incluso otros son completamente surrealistas: “No puedo quitarme la sotana / frente a tus tetas al aire. / Pueden ennegrecerse. O devorarme”.
En el fondo los temas que Medrano trata en sus obras se repiten en esta. El sexo y la belleza. La provocación. La literatura y la locura, sobre todo la locura, (“Estás muy loco. No pueden venderse / mocos entre las páginas de tus libros / casi por el mismo precio”.) que planea por los pequeños textos como un buitre sobre los cadáveres.
Mientras llegan los miles de libro que a Medrano le quedan por publicar habrá que disfrutar estos pequeños versos del autor-personaje. A veces cuerdo, a veces loco. Pero siempre brillante y provocador. Ambas cosas de agradecer.
Iñaki Echarte Vidarte.
nunca jamás
Llevaba semanas con el poema retumbando en mi cabeza. Y aprovechando que es el centenario de Poe...
[ilustración encontrada aquí]El cuervo
Una negra noche, mientras yo estudiaba
unos raros y curiosos tomos de antiguas leyendas,
y contra el sueño luchaba, oí un tac tac, tac tactac,
como si alguien estuviese llamando a mi puerta.
“Es alguien” me dije, “que a deshora me viene a visitar.
No es nada más”.
Bien recuerdo, ay, que era el frío mes de diciembre,
cuando cada ascua labra su espectro sobre el suelo.
Yo ansiaba que la mañana llegara; en vano buscaba
ahogar en los libros mi pena por la perdida de Lenora,
doncella de hermosura sin par que entre los ángeles se halla
para siempre jamás.
El triste e incierto rumor de las moradas cortinas
Me agitaba, de fantásticos y nuevos temores me llenaba,
Y, yo me repetía, queriendo mi zozobra calmar:
“Es alguien que con urgencia quiere entrar,
alguien que a deshora me vienen a visitar.
Nada más”.
Armándome de valor, venciendo mi indecisión,
dije : “Señor o señora, os imploro perdón,
pues en verdad yo dormitaba, y tan quedo usted llamaba,
tan, tan flojo tocaba usted a mi puerta,
que yo dudaba”. Entonces la puerta abrí de par en par.
Fuera, la oscuridad. Nada más.
Perplejo, asustado, me quedé escrutando la oscuridad,
sudando, soñando sueños por nadie soñados,
mientras el silencio y la calma seguían,
¡Hasta que en un susurro la palabra “Lenora” se oyó!
Salió de mis labios, y el eco susurró, “¡Lenora!”
Nada más.
Con el corazón sobre ascuas al interior volví,
pero pronto los toques oí, mas fuertes esta vez.
“Debe ser algo en la celosía” me dije.
Para aclarar este misterio, voy a mirar allí;
para aclarar este misterio, sosiego un momento;
es el viento. Nada más
Al abrir los postigos de par en par, penetró
aleteando un soberbio cuervo de antigua traza,
que sin la menor reverencia ni pausa se posó
con aire señorial justo encima de mi puerta,
sobre un busto de Palas Atenea.
Sólo se posó. Nada más.
Entonces se tornó en sonrisa en temor
Por el grave y serio continente del pájaro de ébano.
“Tú no eres un manso” le dije, “aunque tengas la cresta rapada”,
tú eres un cuervo del pasado, fiero y espectral, del infierno llegado,
y dime, ¿qué nombre te dan en el reino de Plutón?
“Nunca jamás” el cuervo respondió.
Maravillado quedé de que el pajarraco entendiera tan bien,
aunque tan sin sentido e impropia su respuesta fuera,
pues hemos de admitir lo insólito de mi caso:
un cuervo en mi habitación había entrado,
una estatua había elegido para posar
y, por nombre tenía, “Nunca jamás”.
Pero en su cómodo asiento sólo pronunció
aquella palabra, como si en ella su alma se vertiera.
Nada más articuló, y ni una pluma agitó,
hasta que yo musité: “Antes otros amigos me dejaron,
e igual que mis esperanza volaron, éste mañana volará”.
“Nunca jamás” el cuervo respondió.
Espantado por tan sonora y rotunda respuesta,
pensé, “lo que dice es sin duda una muletilla
de algún amo tan castigado por las desgracias,
que en sus cantos repetía,
que en sus cantos tristes repetía.
“nunca, nunca jamás”.
Pero tomando mi temor en sonrisa otra vez,
coloqué un sillón frente al visitante,
y aposentándome en él, me entregué
a discurrir por qué este ominoso pájaro del pasado,
este hosco, repelente, espectral y ominoso pájaro
decía: “Nunca jamás”.
Sentado allí yo lucubraba sin proferir palabra,
mientras aquellos ojillos ardientes el pecho me atravesaban,+
y yo pensaba y pensaba con la cabeza reclinada
sobre el cojín de terciopelo, a la luz de la lámpara,
donde su cabeza no volverá ella a reclinar,
¡nunca jamás!
Entonces sentí el aroma de un invisible incensario,
y sobre la alfombra el tintineo de unos pasos de serafín.
“¡Infame!” grite. “¡Dios te presta y te envía a estos ángeles
como calmante y alivio del recuerdo de Lenora!
¡Bébete ya este calmante y olvida a la difunta Lenora!”
“¡Nunca jamás!” el cuervo respondió.
“¡Oh profeta, profeta del mal, ave o demonio!,
si a esta orilla has sido arrojado por Satán o tempestad,
a esta desolada e indómita orilla, esta tierra desértica y encantada,
a este hogar presa del horror, dime, dime la verdad, por favor,
¿hay bálsamo en Gilead? ¡Dímelo, dímelo, por favor!”
“¡Nunca jamás!” el cuervo respondió.
“¡Oh profeta, profeta del mal, ave o demonio!,
por ese cielo que arriba está; por ese Dios que ambos adoramos,
dile a esta alma angustiada si en la remota Aidena,
podré yo abrazar a una santa doncella que los ángeles llaman Lenora,
a la rara y hermosa doncella que los ángeles Lenora llaman”.
“¡Nunca jamás!” el cuervo respondió.
“¡Que esa palabra sea tu despedida, ave o demonio!
Súmete en esa tempestad y en las tinieblas de Plutón.
¡Ni una pluma dejes en señal de tu repetida falsedad!
¡Déjame en paz! ¡Abandona esa estatua!
¡Saca tu pico de mi corazón y vuela de mi umbral!”
“¡Nunca jamás!” el cuervo respondió.
Y sin agitar una pluma, el cuervo siguió posado
sobre el pálido busto de Atenea encima de mi umbral;
sus ojos parecen los de un demonio soñando,
mientras su sombra sobre el suelo se proyecta,
¿pero cuando mi alma de esa sombra se librará?
¡Nunca jamás!
Edgar Allan Poe. Antología bilingüe de la poesía angloamericana. Selección, traducción, introducción, semblanzas y notas de José Siles Artés. Biblioteca La Torre del Virrey, 2006.
Una negra noche, mientras yo estudiaba
unos raros y curiosos tomos de antiguas leyendas,
y contra el sueño luchaba, oí un tac tac, tac tactac,
como si alguien estuviese llamando a mi puerta.
“Es alguien” me dije, “que a deshora me viene a visitar.
No es nada más”.
Bien recuerdo, ay, que era el frío mes de diciembre,
cuando cada ascua labra su espectro sobre el suelo.
Yo ansiaba que la mañana llegara; en vano buscaba
ahogar en los libros mi pena por la perdida de Lenora,
doncella de hermosura sin par que entre los ángeles se halla
para siempre jamás.
El triste e incierto rumor de las moradas cortinas
Me agitaba, de fantásticos y nuevos temores me llenaba,
Y, yo me repetía, queriendo mi zozobra calmar:
“Es alguien que con urgencia quiere entrar,
alguien que a deshora me vienen a visitar.
Nada más”.
Armándome de valor, venciendo mi indecisión,
dije : “Señor o señora, os imploro perdón,
pues en verdad yo dormitaba, y tan quedo usted llamaba,
tan, tan flojo tocaba usted a mi puerta,
que yo dudaba”. Entonces la puerta abrí de par en par.
Fuera, la oscuridad. Nada más.
Perplejo, asustado, me quedé escrutando la oscuridad,
sudando, soñando sueños por nadie soñados,
mientras el silencio y la calma seguían,
¡Hasta que en un susurro la palabra “Lenora” se oyó!
Salió de mis labios, y el eco susurró, “¡Lenora!”
Nada más.
Con el corazón sobre ascuas al interior volví,
pero pronto los toques oí, mas fuertes esta vez.
“Debe ser algo en la celosía” me dije.
Para aclarar este misterio, voy a mirar allí;
para aclarar este misterio, sosiego un momento;
es el viento. Nada más
Al abrir los postigos de par en par, penetró
aleteando un soberbio cuervo de antigua traza,
que sin la menor reverencia ni pausa se posó
con aire señorial justo encima de mi puerta,
sobre un busto de Palas Atenea.
Sólo se posó. Nada más.
Entonces se tornó en sonrisa en temor
Por el grave y serio continente del pájaro de ébano.
“Tú no eres un manso” le dije, “aunque tengas la cresta rapada”,
tú eres un cuervo del pasado, fiero y espectral, del infierno llegado,
y dime, ¿qué nombre te dan en el reino de Plutón?
“Nunca jamás” el cuervo respondió.
Maravillado quedé de que el pajarraco entendiera tan bien,
aunque tan sin sentido e impropia su respuesta fuera,
pues hemos de admitir lo insólito de mi caso:
un cuervo en mi habitación había entrado,
una estatua había elegido para posar
y, por nombre tenía, “Nunca jamás”.
Pero en su cómodo asiento sólo pronunció
aquella palabra, como si en ella su alma se vertiera.
Nada más articuló, y ni una pluma agitó,
hasta que yo musité: “Antes otros amigos me dejaron,
e igual que mis esperanza volaron, éste mañana volará”.
“Nunca jamás” el cuervo respondió.
Espantado por tan sonora y rotunda respuesta,
pensé, “lo que dice es sin duda una muletilla
de algún amo tan castigado por las desgracias,
que en sus cantos repetía,
que en sus cantos tristes repetía.
“nunca, nunca jamás”.
Pero tomando mi temor en sonrisa otra vez,
coloqué un sillón frente al visitante,
y aposentándome en él, me entregué
a discurrir por qué este ominoso pájaro del pasado,
este hosco, repelente, espectral y ominoso pájaro
decía: “Nunca jamás”.
Sentado allí yo lucubraba sin proferir palabra,
mientras aquellos ojillos ardientes el pecho me atravesaban,+
y yo pensaba y pensaba con la cabeza reclinada
sobre el cojín de terciopelo, a la luz de la lámpara,
donde su cabeza no volverá ella a reclinar,
¡nunca jamás!
Entonces sentí el aroma de un invisible incensario,
y sobre la alfombra el tintineo de unos pasos de serafín.
“¡Infame!” grite. “¡Dios te presta y te envía a estos ángeles
como calmante y alivio del recuerdo de Lenora!
¡Bébete ya este calmante y olvida a la difunta Lenora!”
“¡Nunca jamás!” el cuervo respondió.
“¡Oh profeta, profeta del mal, ave o demonio!,
si a esta orilla has sido arrojado por Satán o tempestad,
a esta desolada e indómita orilla, esta tierra desértica y encantada,
a este hogar presa del horror, dime, dime la verdad, por favor,
¿hay bálsamo en Gilead? ¡Dímelo, dímelo, por favor!”
“¡Nunca jamás!” el cuervo respondió.
“¡Oh profeta, profeta del mal, ave o demonio!,
por ese cielo que arriba está; por ese Dios que ambos adoramos,
dile a esta alma angustiada si en la remota Aidena,
podré yo abrazar a una santa doncella que los ángeles llaman Lenora,
a la rara y hermosa doncella que los ángeles Lenora llaman”.
“¡Nunca jamás!” el cuervo respondió.
“¡Que esa palabra sea tu despedida, ave o demonio!
Súmete en esa tempestad y en las tinieblas de Plutón.
¡Ni una pluma dejes en señal de tu repetida falsedad!
¡Déjame en paz! ¡Abandona esa estatua!
¡Saca tu pico de mi corazón y vuela de mi umbral!”
“¡Nunca jamás!” el cuervo respondió.
Y sin agitar una pluma, el cuervo siguió posado
sobre el pálido busto de Atenea encima de mi umbral;
sus ojos parecen los de un demonio soñando,
mientras su sombra sobre el suelo se proyecta,
¿pero cuando mi alma de esa sombra se librará?
¡Nunca jamás!
Edgar Allan Poe. Antología bilingüe de la poesía angloamericana. Selección, traducción, introducción, semblanzas y notas de José Siles Artés. Biblioteca La Torre del Virrey, 2006.
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