Los elefantes no están hechos para levantarse del suelo, y la imagen resultaba nauseabunda, una especie de reprimenda al orden natural: como si encontraran fósiles en un cementerio o lloviera bacalao en salmuera en el desierto. Se hizo el silencio bajo las lámparas de foco humeantes. Las patas regordetas de Mary se agitaron en el aire, y luego, una sola vez, y después de un buen rato, sus ojos se abrieron como platos al entender lo que estaba pasando. La trompa se elevó, recta; se oyó un bramido breve, decepcionado y medio estrangulado y por fin Mary se quedó flácida y sin vida.
Nadie sabe con certeza cúanto tiempo pasó colgado el elefante sobre Wilwood Hill. Un hombre con conocimientos de fotografía nocturna ofreció a la gente posar con el cadaver, pero no hubo interesados.
Glen David Golg. Las lágrimas de Squonk, y lo que sucedió después. Incluido en Lo mejor de McSweeney's. Volumen II. Edición al cuidado de Dave Eggers. Debolsillo, 2007.
Llegué otra vez tarde, perdido en una combinación de líneas que me trajo de nuevo esa sensación de extraño en md, de la que sabe mucho Iñaki Echarte.
(Eduardo Laporte en El náuGrafo digital)
(Eduardo Laporte en El náuGrafo digital)
30 agosto 2009
23 agosto 2009
historia radicalmente concentrada de la era postindustrial
Cuando fueron presentados, él hizo un comentario ingenioso porque quería caer bien. Ella soltó una risotada estrepitosa porque quería caer bien. Luego los dos cogieron sus coches y se fueron solos a sus casa, mirando fijamente la carretera, con la misma mueca en la cara.
Al hombre que los había presentado no le caía demasiado bien ninguno de los dos, pero fingía que sí porque le preocupaba mucho tener buenas relaciones con todo el mundo. Después de todo, nunca se sabe, ¿verdad que no? ¿Verdad? ¿Verdad?
David Foster Wallace. Entrevistas breves con hombres repulsivos, Debolsillo, 2009.
Al hombre que los había presentado no le caía demasiado bien ninguno de los dos, pero fingía que sí porque le preocupaba mucho tener buenas relaciones con todo el mundo. Después de todo, nunca se sabe, ¿verdad que no? ¿Verdad? ¿Verdad?
David Foster Wallace. Entrevistas breves con hombres repulsivos, Debolsillo, 2009.
19 agosto 2009
calor
21 DE JULIO
Aduanas, luego trayecto en coche del aeropuerto de El Cairo al Cairo Sheraton. Mediana de la carretera plagada de familias haciendo una comida campestre en las estrechas franjas del césped. Niños correteando, padres sentados en mantas, cocinan y comen. Reconfortante pero extraño, porque es medianoche.
- ¿Por qué? -se le pregunta al taxista.
- El calor -dice él-. Hay que quedarse en casa durante el día.
(...)
Cielo despejado, sol cegador. Aburrido. Empieza a parecer trabajo, cosa problemática en un viajecito pagado. El calor es interesante. Es curioso, el calor. Al principoio el calor paraliza, luego, de un modo extraño, ennoblece.
Sthephen J. Shalit. Impresiones de una vida muy, muy diferente de la nuestra, a medio mundo de distancia, si no más, dependiendo de dónde salgas: un recuerdo egipcio (o notas y quejas de un niño con cólicos). Incluido en Lo mejor de McSweeney´s Volumen II. Edición al cuidado de Dave Eggers. Debolsillo, 2007.
Aduanas, luego trayecto en coche del aeropuerto de El Cairo al Cairo Sheraton. Mediana de la carretera plagada de familias haciendo una comida campestre en las estrechas franjas del césped. Niños correteando, padres sentados en mantas, cocinan y comen. Reconfortante pero extraño, porque es medianoche.
- ¿Por qué? -se le pregunta al taxista.
- El calor -dice él-. Hay que quedarse en casa durante el día.
(...)
Cielo despejado, sol cegador. Aburrido. Empieza a parecer trabajo, cosa problemática en un viajecito pagado. El calor es interesante. Es curioso, el calor. Al principoio el calor paraliza, luego, de un modo extraño, ennoblece.
Sthephen J. Shalit. Impresiones de una vida muy, muy diferente de la nuestra, a medio mundo de distancia, si no más, dependiendo de dónde salgas: un recuerdo egipcio (o notas y quejas de un niño con cólicos). Incluido en Lo mejor de McSweeney´s Volumen II. Edición al cuidado de Dave Eggers. Debolsillo, 2007.
15 agosto 2009
la ley de unicidad absoluta, a veces llamada plagio
Como la mayor parte de las leyes absolutas, la ley ficticia de la unicidad absoluta es relativa.
Aunque todo personaje en cualquier ficción -como en cualquier vida o no ficción- es absolutamente único (aun cuando no pueda uno distinguir un personaje de otro), la realidad del asunto es más compleja.
Cuando un personaje ficticio muere o desaparece de un relato, no tardará en reaparecer en otro nuevo, ya que existen numerosos personajes - y argumentos- disponibles en cualquier momnento dado. Corolario de la relativa ley ficticia de la unicidad absoluta es el efecto de simultaneidad, que es a la ficción lo que la ley de Miriam Heisenberg es a la física. Significa que cualquier personaje puede aparecer, simultáneamente, en tantas ficciones como requiera el azar. Este corolario resulta un tanto turbador, y solo debemos reparar en él para apuntar, de pasada, que cada lector, como cada escritor, se encuentra, desde diferentes ángulos y en momentos diferentes, en un número finito de relatos distintos en los que es siempre el mismo y, sin embargo, siempre diferente. Llamamos a esto après postestructuralismo. Los numerosos estudios que se están realizando sobre el efecto de la simultaneidad demuestran vívidamente ¡como si la demostración fuese necesaria! que, aunque la lengua inglesa pueda declinar y regenerar, los estudios ingleses son más complejos y gratificantes que nunca.
La ley de la unicidad absoluta requiere -excepto en los casso en que no- la pérdida total de memoria por parte del personaje que ha muerto o ha hecho solo un abreve aparición en un relato de ficción. Naturalmente, cuando la redacción del libro ha terminado, todos los personajes que están vivos al final quedan disponibles para que otros autores los hagan entrar de nuevo, por así decirlo. A veces, se denomina a esto plagio, pero esa es un apalabra muy dura cuando se tienen en cuenta las limitaciones existentes en lo que se refiere a personajes y tramas argumentales. En definitiva, el plagio es simplemente - emn plabras de la propia Rosemary Klein Kantor- creacion por otros medios.
Los personajes que aparecen en cualquier libro determinado -aunque abandonados por su autor cuando pone el finis a su opus- continuarán recorriendo sus pasos para cualquiera que acierte a leer el libro. De ahí la prueba -o una prueba- del efecto de simultaneidad. Una vez que esta concreta ficción verdadera o verdad ficticia sea concluida por el presente autor (...) todo el grupo viviente (por ahora) se desplazará a nuevas misiones, desconocidad para ellos y para él. Le olvidaran. Él no los reconocerá..., excepto en los casos de plagio manifiesto en que la ley civil escudriña la verdad de un texto ficticio con una minuciosidad desconocida incluso en la atareada Yale.
Gore Vidal. Duluth. Debolsillo, 2006.
Aunque todo personaje en cualquier ficción -como en cualquier vida o no ficción- es absolutamente único (aun cuando no pueda uno distinguir un personaje de otro), la realidad del asunto es más compleja.
Cuando un personaje ficticio muere o desaparece de un relato, no tardará en reaparecer en otro nuevo, ya que existen numerosos personajes - y argumentos- disponibles en cualquier momnento dado. Corolario de la relativa ley ficticia de la unicidad absoluta es el efecto de simultaneidad, que es a la ficción lo que la ley de Miriam Heisenberg es a la física. Significa que cualquier personaje puede aparecer, simultáneamente, en tantas ficciones como requiera el azar. Este corolario resulta un tanto turbador, y solo debemos reparar en él para apuntar, de pasada, que cada lector, como cada escritor, se encuentra, desde diferentes ángulos y en momentos diferentes, en un número finito de relatos distintos en los que es siempre el mismo y, sin embargo, siempre diferente. Llamamos a esto après postestructuralismo. Los numerosos estudios que se están realizando sobre el efecto de la simultaneidad demuestran vívidamente ¡como si la demostración fuese necesaria! que, aunque la lengua inglesa pueda declinar y regenerar, los estudios ingleses son más complejos y gratificantes que nunca.
La ley de la unicidad absoluta requiere -excepto en los casso en que no- la pérdida total de memoria por parte del personaje que ha muerto o ha hecho solo un abreve aparición en un relato de ficción. Naturalmente, cuando la redacción del libro ha terminado, todos los personajes que están vivos al final quedan disponibles para que otros autores los hagan entrar de nuevo, por así decirlo. A veces, se denomina a esto plagio, pero esa es un apalabra muy dura cuando se tienen en cuenta las limitaciones existentes en lo que se refiere a personajes y tramas argumentales. En definitiva, el plagio es simplemente - emn plabras de la propia Rosemary Klein Kantor- creacion por otros medios.
Los personajes que aparecen en cualquier libro determinado -aunque abandonados por su autor cuando pone el finis a su opus- continuarán recorriendo sus pasos para cualquiera que acierte a leer el libro. De ahí la prueba -o una prueba- del efecto de simultaneidad. Una vez que esta concreta ficción verdadera o verdad ficticia sea concluida por el presente autor (...) todo el grupo viviente (por ahora) se desplazará a nuevas misiones, desconocidad para ellos y para él. Le olvidaran. Él no los reconocerá..., excepto en los casos de plagio manifiesto en que la ley civil escudriña la verdad de un texto ficticio con una minuciosidad desconocida incluso en la atareada Yale.
Gore Vidal. Duluth. Debolsillo, 2006.
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12 agosto 2009
09 agosto 2009
correr, correr, correr
Era algo difícil de comprender; todo lo que yo sabía era que uno tenía que correr, correr, correr, sin saber por qué corría, pero uno seguía adelante atravesando campos que no entendía, penetrando en bosques que le daban miedo, tramontando colinas sin darse cuenta de que había subido y bajado, y salvado corrientes de aguas que le habrían arrancado el corazón a uno si hubiese caído en ellas. Y el poste de la meta no significaba el final de aquello, por más que una turba de gente le alentase a uno, pues era preciso seguir adelante sin haber recobrado el aliento, y la única ocasión en que uno se paraba de veras era cuando tropezaba con el tronco de un arbol y se rompía el pescuezo o caía en un pozo abandonado y se quedaba muerto en la oscuridad para siempre. Así pues, yo pensaba: no, no van a cazarme en esa trampa de las carreras, en esto de correr tratando de llegar el primero, en esto de trotar por un trozo de cinta azul, porque este no es ni será nunca el moido de salir adelante, por más que ellos juren ciegamente que sí. Uno no debe hacer caso de nadie y debe seguir su propio camino, y no el que le señale una hilera de gente con jarros de agua y botellas de yodo para el caso de que uno se cauiga y se corte, a fin de que ellos puedan levantarse de nuevo -por mucho que uno desee quedarse donde está-, y ponerle en marcha otra vez.
Alan Silliote. La soledad del corredor de fondo. El tercer nombre, 2007.
Alan Silliote. La soledad del corredor de fondo. El tercer nombre, 2007.
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Alan Silliote
05 agosto 2009
fantasmas
Sergio guardó sus trofeos en el tarro de mermelada y emprendió el regreso también, esperando un poco para no encontrarala. Al pasar el lado de los arbustos oyó ruidos como de animal. Podía ser un perro jadeando o algo así. Se asomó a ver si encontraba a alguna presa interesante para su colección. Había entre los matorrales dos fantasmas con uniforme escolar, uno de pie y la otra arrodillada frente a él. El que hacía ruido era el primero. Parecían alumnos, pero Sergio sabía qué eran en realidad. No entendió qué hacían, así que se quedó mirándolos. Sin saber por qué, la pinga se le puso dura y sintio ganas de ir al baño. El que estaba de pie lo vio y se detuvieron. Al prinncipio parecieron asustados. después sonrieron.
- ¿Qué pasa? -dijo el que estaba de pie- ¿Te gusta?
Sergio nego con la cabeza. la otra le dijo:
- ¿Y tú? ¿De que tamaño la tienes?
- ¿La qué?
- La pinga.
Sergio recordo que se la había vistos en el baño. Le preocupaba ese aspecto de su cuerpo. Los demás de la clase la tenían distinta, sin capuchón. Él la tenía guardada en un estuche que debía recoger para orinar. Calculó su tamaño con dos dedos y se lo enseño a los fantasmas.
- No sirve -dijo la que seguia rrodillada-. Tendrías que tenerla más grande para esto.
- Ajá.
Luego siguieron con lo que hacían, pero Sergio no siguió viendo. HAbía sonado la campana del final del recreo.
Santiago Roncagliolo. Pudor. Alfaguara, 2005.
- ¿Qué pasa? -dijo el que estaba de pie- ¿Te gusta?
Sergio nego con la cabeza. la otra le dijo:
- ¿Y tú? ¿De que tamaño la tienes?
- ¿La qué?
- La pinga.
Sergio recordo que se la había vistos en el baño. Le preocupaba ese aspecto de su cuerpo. Los demás de la clase la tenían distinta, sin capuchón. Él la tenía guardada en un estuche que debía recoger para orinar. Calculó su tamaño con dos dedos y se lo enseño a los fantasmas.
- No sirve -dijo la que seguia rrodillada-. Tendrías que tenerla más grande para esto.
- Ajá.
Luego siguieron con lo que hacían, pero Sergio no siguió viendo. HAbía sonado la campana del final del recreo.
Santiago Roncagliolo. Pudor. Alfaguara, 2005.
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