Cada día que salía de los bares me preguntaba qué coño hacía yo aguántandole la charla a ese despojo humano, y la respuesta me la daba la gente con la que me cruzaba diariamente, trepadores sin escrúpulos y criticones que matarían a su padre por forzar una sonrisa de sus mandamases y para quienes esos lazdores borrachos y harapientos eran tan sólo un error del Creador. Yo nunca había hecho sonreír a Ponz, y el pobre Edelmiro ya no hacía sonreír a nadie, sólo a mí, y era un hombre que ya carecía de ambiciones, tan sólo echarse unos tragos al coleto con los que poder resistir la mierda de vida que llevaba y averiguar, supongo que para vengarse, el porqué había pasado tanto tiempo en la trena. Creo que fue la absoluta falta de vanidad del personaje lo primero que me acercó a él. Luego me separó el hedor a chotuno que expelía su roñosa gabardina, que no se quitaba ni para dormir. Pero las historias que me contó y su natural humildad me hicieron apreciarlo, aunque en no pocas ocasiones tentado estuve de mandarle a la mierda.
José María Mijangos. Braille para sordos. Martinez Roca, 2006.
1 comentarios:
pues a mi me ha hecho reir ésa lengua desparpajo del narrador...
buen estracto, un saludooo
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