Acostumbro, si ya no funciona el metro, a volver a casa andando. A veces me cuesta hasta una hora. Pero aprovecho ese paseo para pensar (para repensar). Hoy no me he encontrado con la barca que Xavier Moscardó había instalado al principio de la Cuesta de Moyano. Me gustaba pasar mi mano sobre su rugosidad abrupta. Decir que ese contacto me hacía sentir vivo sería, quizás, demasiado decir.
Repensaba la conversación que, poco antes, había tenido con Borja. Ante mis quejas (sobre el aislamiento en el que vivo, sobre lo inhóspito que es Madrid, sobre, definitivamente, los mismos rollos de siempre) respondía que era una etapa. Pues será una etapa, pero no me gusta un pelo. Necesito que me sorprendan, que me hagan creer que estoy/soy.
Otra de las frases que resonaba en mi cabeza, en el largo camino a casa, se refería a la novela A sangre fría de Truman Capote. Borja, que es una base de datos increíble que se activa al menor estimulo, afirmó, sin contemplaciones que el pequeño Truman estaba enamorado de uno de los asesinos. Me lo creo, no me queda más remedio.
La novela de Capote ya está entre mis preferidas y eleva a su autor, muy denostado en mis listas varias, a los primeros puestos en talento narrativo.
Justo antes de llegar a casa me di cuenta que mis esquinas, a diferencias de las de las calles de las ciudades no tienen un letrero que indiquen su nombre. Así que cuando alguien gira y se enfrenta a mí no sabe lo que le espera ni el lugar que pisa. Normal que todos acaben desorientados y terminen desapareciendo.
Por cierto, ¡¡feliz restodelaño entrelibros!!
1 comentarios:
En el fondo, ¿quién sabe si hemos o no estado enamorados, y de quién?
Las esquinas no llevan rótulo, qué va... el mapa interior en el fondo no le termina uno nuna de controlar, porque nuestra intimidad no deja de ser una ciudad infinita. Los demás... es que los demás siempre se creen que detrás de nuestra mirada ah un par de simples avenidas, quizá una plaza, pero no cuentan con las calles estrechas que descienden al centro, al verdadero centro.
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