Llegué otra vez tarde, perdido en una combinación de líneas que me trajo de nuevo esa sensación de extraño en md, de la que sabe mucho Iñaki Echarte.
(Eduardo Laporte en El náuGrafo digital)

26 julio 2010

nunca se puede estar seguro

Pongamos que hablo de Madrid. Digamos que salgo de trabajar y que voy a comer al chino de siempre, con Borja, la pequeña Marina, Sole y Joseba. (Tenemos, me doy cuenta, un chino para comer y otro diferente para cenar. Ignoro la razón oculta.) Imagina que desafiamos al calor e iniciamos una ruta de la que no podemos escapar. El café, con hielo, siempre con hielo, en el Mamma Inés. (Aunque hoy nos ha faltado el pequeño camarero de siempre). La conversión, tan aparentemente errática como nuestros pasos por la ciudad. Hablamos de lo mismo, pero de diferente manera. Caminamos por las mismas calles, pero siempre es un paseo diferente. El ascenso por Fuencarral. Los encuentros casuales, las palabras vanas, las palabras que no existen. Sabemos que acabaremos visitando las mismas librerías de viejo, de la misma manera en que me obstino a llamar a la Plaza del Dos de Mayo, la Plaza de Santa Ana. Me hago un lío con sus nombres de la misma manera que nunca sé si debo mirar fijamente o hacerme el despistado. En Arrebato encuentro otra novela de Anthony Burgess, Enderby por dentro. (Por cierto, Arrebato es uno de los puntos de venta de Vinalia Trippers: Plan 9 del espacio exterior). En La Tarde libros Marina y yo nos sentamos, con aire cansado ante las estanterías de ciencia-ficción. Entre libros que cuestan 30 y 40 euros, entre las joyas del género del que desconozco todo, Marina encuentra el libro más extraño del mundo: Violación cósmica de Theodore Sturgeon. No duda en comprárselo. Ella es todo arte. Imagina que acabamos la tarde en una cafetería donde un chico con una camiseta de tirantes no para de pasearse de un lado a otra con las más peregrinas de las excusas. El chico es una metáfora, por supuesto. Hablamos, hablamos y hablamos. La conversación no es lo de menos, pero me hace recordar a John Cage y su acción Toda la Casa Encendida de 1996. Ese era otro Madrid, más que nada porque yo lo construí con otros materiales. Pero ya se sabe que después de la destrucción siempre está la posibilidad de la reconstrucción. Marina y yo nos separamos enfrente de Telefónica. Entre el calor descamisado de la multitud sé, estoy seguro de a veces los 4'33'' de John Cage no son necesarios. Pero otras veces sí. Nunca se puede estar seguro.


2 comentarios:

Trieste dijo...

Hoy si era necesario cada segundo de los 4'33''.
Todos, en algún momento del día necesitamos descansar. Oxigenar pulmones y celebro. Pausar el ritmo acelerado de nuestras vidas. Desconectar. Ausentarse, como nuestro pequeño y fornido camarero de "Mama Inés" ;)

Gracias por este breve espacio de tiempo absorvido por nuestro interior. Revitalizado.
Romper con la monotonía, la sensación vacía de que un día lleva a otro, se torna primordial.
Me sucede como a ti, nada es igual en las mismas calles, tampoco entre aquellos renglones que narraron historias de ayer, antaños poemas que seguirán vivos mañana, aunque nosotros sigamos confundiendo nombres de heróicas plazas madrileñas... ;)

iñaki dijo...

me gusta escucharte trieste, pero no encuentro demasiadas palabras para responderte. afirmo con la cabea, y e escucho, y te digo gracias (y me gusta que estés ahí :-)