De alguna manera, sabía que tenía que volver a leer a David Leavitt. Cuando era adolescente saqué de la biblioteca todos los libros de Leavitt, desde El lenguaje perdido de las grúas, el primer libro que me descubrió que no estaba tan sólo, hasta Arkansas, del que apenas recuerdo su turbia portada. Después leí algo más de él, pero no logró interesarme tanto: no logró descubrirme nada.
En uno de mis múltiples viajes a librerías de segunda mano encontré Un lugar en el que nunca he estado. A pesar del regusto amargo que me había dejado me apetecía volver a leer los primeros libros de Leavitt.
Hoy he comenzado a leer los relatos y he comprendido que necesitaba leerlos, que han llegado en el momento justo. Son relatos muy tristes, llenos de confusión sentimental, con personajes que tienden a darse cuenta de que nunca podrán dejar de estar sólos; pero optimistas, al fin y al cabo, en algún recóndito rincón de sus frases. Uno de los relatos esta ambientado por una canción de Eartha Kitt, I love man, que no conocía y que voy a ir cantando por la calle.
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