Sábado por la mañana. Me levanto un poco más tarde de lo acostumbrado. Cuando tomo mi zumo de naranja sonrío, aunque sea por dentro. Poco después me sienta con las piernas al sol y tengo una conversación telefónica, de esas que rozan la hora, con mis padres.
Me quedo en el sofá con el regusto de la conversación, del zumo, de algunas revelaciones nocturnas y de la última lectura: La jaula de cristal de la Highsmith. Me gusta ese título para un ensayo que estoy pretendiendo escribir. De momento sólo lo pretendo y apenas puedo pasar de la tercera linea. Sé lo que quiero decir, pero no encuentro la manera de decirlo. Así que lo comienzo una y otra vez hasta que encuentre la manera.
En la novela de la Hihgsmith, el protagonista, cuando está en prisión, se le castiga colgándole de los pulgares durante 48 horas. Las secuelas le acompañan durante toda esta novela inquietante, algo misógina y llena de tensión. En los Cuentos completos (Booket, 2005) de Terenci Moix, que leo antes de ir a dormir, un personaje desolla vivas a sus víctimas. Ellos son depravados y yo me convierto en depravado al leerlos.
Ya tengo ganas de leer otra novela de la maestra. Pero también tengo que dedicar mi tiempo a Reinaldo Arenas, ese subversivo cubano al que la desdicha nunca dejo de perseguir. Estoy leyendo Reinaldo Arenas: entre el placer y el infierno (Cursak Books, 2007) un ensayo que el autor, José Ismael Gutiérrez me ha enviado amablemente. Quiero terminarlo antes de decir nada, pero, de momento, confirma mis propias tesis sobre el origen de ese gran libro titulado Antes que anochezca.
De momento seguiré sentado aquí, viendo como los coches avanzan por la M40 en ambas direcciones, como los pájaros atraviesan el cielo llenos de nubes. seguiré aquí, pensado en si hoy puede ser ese día en el que las cosas van a cambiar de repente.
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