
Todo tiende a pasar al mismo tiempo.
Ayer recojo los ejemplares de mi próximo libro, Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco (Vitruvio, 2011). Es un pequeño libro, apenas 61 paginas, de letra pequeñita y versos largos. Es un autorretrato de pinceladas azules, algo desgarrado, pero con la esperanza esperando más allá de la noche. Sí, es un cambio de rumbo.
Vuelvo a casa cargado con mis ejemplares y bajo una lluvia que no se dedice a descargar toda su furia. Me detengo en una librería de segunda mano y me compro ¿Acaso no matan a los caballos? de Horace McCoy. Me paro en un bar de mi barrio y me tomo una cerveza. Llego a casa feliz.
Esta mañana mientras me tomo el café en el descanso de mi trabajo leo el reportaje que firma Rebeca Yanke en El Mundo acerca de los(jóvenes)Viscerales. Al llegar a casa me encontraré con la marea de mensajes en el Facebook acerca del tema. Aparezco en la foto correspondiente con, como dice Marta La Bohe, cara de escritor despistado. No le falta razón. Despistado lo soy un rato. Escritor estoy en ello.
Enseño orgulloso mi tercer libro a mis compañeros de trabajo. Al volver a casa, por la calle Fuencarral, veo a mi amigo Curro Cañete tomando un café a través de un cristal. Está currando en una de sus crónicas, así que le quito poco tiempo, pero antes de irme le dejo, dedicado, un ejemplar de Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco.
Esta tarde iré a la presentación del libro de Dan Fante en Fnac Callao. Un privilegio.
[Y al mismo tiempo termino un libro de Patricia Highsmith (Sirenas en el campo de golf. Anagrama, 1996) en el que leo: - (...) ¿Ya comes lo suficiente, hija mía? Estas un poco pálida. - ¿De veras? No me siento pálida. No puede ser más que casualidad)
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