Llegué otra vez tarde, perdido en una combinación de líneas que me trajo de nuevo esa sensación de extraño en md, de la que sabe mucho Iñaki Echarte.
(Eduardo Laporte en El náuGrafo digital)

17 noviembre 2011

17denoviembre

No he vivido en Lavapiés, pero he vivido Lavapiés.




Entre las múltiples mudanzas que he tenido desde que vine a Madrid hace (tantos) años no he tenido casa en Lavapiés, excepto aquella vez que pasé dos semanas en casa de mi amiga Mónica, en la calle Salitre, mientras esperaba entrar a vivir a un piso al que al final no pude entrar. Pero esa es otra historia. Si que viví en la plaza Tirso de Molina, en aquel minúsculo piso, con Jose Miguel, que ha sido tantas cosas en los últimos años que se hace imposible una definición precisa. Él ha ilustrado la portada de dos de los tres libros que he publicado, y eso es mucho decir, por lo bonitas que han quedado y por las molestias que siempre se ha tomado para hacer un trabajo perfecto. Cuando vivía en ese piso tenia una vista magnifica de la plaza, de sus obras y de su gente y me gustaba entrar en Lavapiés e ir bajando hasta la plaza como si fuera un turista (nunca he dejado de ser turista en Madri, un extrañoenmd). También viví una temporada en la calle de La Ruda, que es la Latina, lo sé. Pero cuando vivía allí y me quede sin trabajo encontré en Lavapiés la solución a mi inactividad (y un poco a mi economía también, aunque no mucho). Estuve trabajando durante una temporada en el café Barbieri. Me acuerdo de Dora; ella era la mujer más maravillosa de Lavapiés, pero acabo desapareciendo de Lavapiés (y de Madrid). Me acuerdo de ese alemán lleno de músculos que tanto me imponía al principio y con el que tan buenas migas hice después. Me acuerdo de las leyendas acerca de los sótano y las señoritas que llevaba allí Alfonso XII (¿O era Alfonso XIII, no sé). Recuerdo que se murió el dueño y que el Barbieri siguió con las puertas abiertas como si nada. Recuerdo que trabajé con un actor que tenía un personaje episódico en El internado. Me acuerdo que una vez al alemán le robaron nada más cobrar la paga semanal. Recuerdo que la calle Primavera olía a pis y que aquello me parecía lagranparadoja. Recuerdo que atendí a Luis Antonio de Villena en la terraza. Recuerdo el sabor de sus tartas. Y sé que ese tiempo no volverá. Que ahora que vivo en un barrio más alejado apenas pongo el pie en Lavapiés. A no ser que mi amiga Aida me arrastre a tomar un gintonic una noche entre semana.
Y tengo que volver a Lavapiés, a visitar a amigosnoolvidados, a ver a mi exgato, que trasladó su domicilio allí. Tengo que volver a la calle de La Rosa. Tengo que volver.

Cuento todo esto, vuelvo a estos recuerdo, a causa de un libro que acaba de publicar José Ángel Barrueco, Vivir y morir en Lavapiés (Escalera, 2011). Jab me ha convertido en un personaje del barrio como si conociera todas estas historias que acabo de contar. Pero no las sabe, nunca se las he contado. Por esa me asombra la autenticidad de esas seis lineas que protagonizo.


Y es que ser protagonista, aunque sea episódico, de esta novela es un honor. Vivir y morir en Lavapiés es una novela trepidante y, sobre todo, muy real. Tan real que algunos de los episodios se parecen asombrosamente a algunos de los que viví yo mientras caminaba por Lavapiés. Esas mujeres asomadas al balcón, esos moritos que te ofrecen droga en las esquinas. Esos indios que te invitan a comer en sus restaurantes. Esos borrachos sentados en la plaza. La calle Argumosa. Vivir y morir en Lavapiés tiene todo eso y más. Hay que leerla, sentirse (de nuevo, por primera vez o por siempre) en el barrio. Meterse en la piel del vecino Jab y disfrutar. Sobre todo disfrutar.

Y recuerdo, más recuerdos, que en algún momento escribí un cuento sobre el barrio, Hugo y Amed en Lavapiés, que alguna vez dejé mi propia visión de ese barrio que siempre echaré de menos y que ese cuento es uno de mis preferidos.