Siempre suelo ser precavido. Prefiero no pronunciarme sobre un tema a hacerlo. Pero a lo largo de esta semana mi paciencia se ha acabado.
De alguna manera mi relación con Madrid es extraña. Por un lado me gusta y por otra la detesto. Hoy no tengo palabras para expresar mi relación con la ciudad durante estos días. Pero voy a intentar verbalizarlo en este blog que estaba desierto desde hace unos meses.
He visto mi espacio de agosto invadido por una marea de personas vestidas con camisetas amarillas.
He sufrido el calor, el olor y el sonido de los cánticos en el metro (47, 50 euros al mes, por mi parte) al ir y volver de trabajar. En cierto momento he sentido cierto temor por la cantidad de personas que había en el anden de la zona centro de la ciudad.
He tenido que cambiar mi ruta de viaje. Ayer el autobús urbano, que suele pasar por Paseo del Prado y Paseo de la Castellana pudo pasar por Alfonso XII, pero hoy ha tenido que ir a Atocha, dar marcha atrás, rodear el Retiro, adentrarse en el Barrio de Salamanca y volver, otra vez Sobre sus pasos para retomar su trayectoria original.
No me gustan las aglomeraciones y hasta hoy he podido evitar (en mayor o menor medida) huelgas salvajes de metro, celebraciones del orgullo gay, manifestaciones multitudinarias, celebraciones futbolisticas y acampadas en sol.
(Incluso puedo disfrutar de Pamplona, la ciudad en la que nací, en Sanfermines, llenas de extranjeros borrachos al limite y cánticos por todas partes.)
He visto una marcha laica obstaculizada por peregrinos rezando de rodillas.
He visto como alguien le arrancaba de las manos de Shangay Lili una bandera gay y la tiraba al suelo.
He visto como gente de la marcha se quedaba en Sol azuzando a la policía mientras el resto terminaba la marcha en Tirso de Molina.
He visto como no dejaban besarse a parejas ante el paso del Papa.
He visto como se ha besado una pareja y no ha pasado nada.
He visto como los medios tergiversan las noticias a su antojo.
He escuchado decir que desean que los que se han alejado de la iglesia se vuelvan a acercar a ellos, pero no escucho una razón convincente ni veo un cambio en los preceptos morales que me hicieron alejarme.
He visto a todo la clase política agarrar la misma mano sin rechistar.
He visto tantas cosas... que me dan ganas de gritar. Quiero que llegue el lunes y vuelva esa Madrid que se ha ido, aunque me temo que no volverá, que ya sólo podremos escribirlo en pasado. Algo ha cambiado y estas jornadas con visita papal han sido el punto de inflexión de la caída al abismo.