Llegué otra vez tarde, perdido en una combinación de líneas que me trajo de nuevo esa sensación de extraño en md, de la que sabe mucho Iñaki Echarte.
(Eduardo Laporte en El náuGrafo digital)

28 noviembre 2011

29denoviembre

tres autores en busca de editor

¡Qué bonito es ser escritor en busca de editor en la España del siglo XXI! No hay nada más agotador y decepcionante. ¿Quién puede querer mi novela, mis cuentos o mis poemas?, se pregunta el autor en cuestión. ¿Dónde puedo hablar con un editor cara a cara sobre lo que le he enviado? A veces la búsqueda es exasperante; tantos editores y ninguno para mi.

Ha dado la casualidad de que tres escritores se han encontrado en la misma situación en el mismo momento. Y uno de ellos(este que habla) ha decidido unir esas tres voces en una voz. Así que, atención amigos editores y lectores también, aquí van las propuestas (una novela, un libro de cuentos y un poemario) de este trio de escritores.
La novela la ha escrito Marina Sanmartín (aka conocida como la Fallera Cósmica). Se titula El principio del desierto. Podéis encontrar información sobre la novela en un blog que ha abierto para su difusión y más datos de la autora en su blog la Fallera Cósmica. Sólo recordar que su blog la Fallera Cósmica, recibió el premio Revista de Letras a Mejor Blog Nacional de Creación Literaria 2010 y que después se publico en la editorial Baile del Sol.
He tenido la oportunidad de leer la novela durante un viaje en El expreso de la Robla (no pudo haber mejor lugar). Es una novela al mas puro estilo de la novela negra con influencias de Patricia Highsmith, una novela misteriosa, llena de claves que se van desvelando página a página. Es una novela que roza la perfección tanto estilísticamente como estructuralmente. Y además es una novela delicada con la que se puede disfrutar página a página. No sé que le pasa a los editores que ya han leído la novela que no se deciden a publicarla. Es posible que después se arrepientan. De momento el primer capítulo se puede leer aquí.

Los cuentos los ha escrito Raúl Portero. El libro se titula Animales heridos. Y tiene una portada, estupenda y clarificadora. Podéis encontrar aquí un fragmento de sus cuentos y más información sobre el autor. Sólo recordar que con su primera novela La vida que soñamos, que se esta traduciendo al italiano, ganó el premio Terenci Moix de Novela 2008.




He seguido la transformación del libro a la largo de los últimos meses, Raúl nunca deja de darles vueltas a sus libros, y el resultado es un análisis desolador de la realidad de los jóvenes de nuestro tiempo. Desolador y triste, se puede resumir así, pero con un lenguaje tan real y tan cercano que abruma. Muchos de esos cuentos me gustaría firmarlos a mi. Y tiene mucho sexo, mucha frustración y mucho dolor. Un coctel perfecto
Aquí hay un pequeño ejemplo, atentos amigos editores, de lo que se puede encontrar entre sus páginas:

Estás cansado de las mentiras que se esconden detrás de unos besos y de unos abrazos, de que después de soltar una buena corrida en el vientre de cualquiera a todo el mundo se le vaya las ganas de conocerte. Estás cansado del si nos liamos vamos a estropear una amistad para toda la vida, del vives demasiado lejos o es que trabajas los fines de semana, de eso de que eres demasiado bueno para mí y yo simplemente no estoy a la altura; cansado del tienes todo lo que busco en un tío pero no estoy preparado para tener una relación, más cansado aún de es que tengo novia, del no soy marica aunque me encanta comerte la polla; estás cansado de escuchar eso de no he notado ese click que me haga sentir que es importante que tengamos una segunda cinta y más cansado aún, agotado, del te has imaginado cosas que no son.


Luís. Animales Heridos.

Los poemas los ha escrito Iñaki Echarte Vidarte (conocido en este blog como unextrañoenmd, o sea yo). No he ganado ningún premio, pero manejo un blog personal y este blog que estáis leyendo. Mi último poemario se llama optimístico, y, en la linea del anterior Soy tan blanco que cuando palidezco desaparezco (Vitruvio, 2011), ataco a todo lo que se me pone por delante; en este caso al concepto del amor y de la felicidad. Tal como suena, pero optimístico, si es que eso pude ser. En mi linea, nunca mejor dicho. Aquí les dejo, a los editores y a los lectores un poema inédito como muestra:

tu tristeza es una leve

renuncia a la realidad

inmerso en ella te

sientes seguro lejos de las

tentaciones posmodernas de

enemigos (tristes también)

zero pasión nula implicación

aislado solo (y un poco menos feliz de lo permitido)

estás triste (y muy solo sí) no

tienes nada más allá de ti

estás tú y lo que puedes tocar

rey de tu reino imaginario

no deseas nada más que lo que tienes

adoras tu tristeza (tan tuya) porque te da miedo todo lo demás


Para todos aquellos editores, lectores y demás interesados en nuestra obra y en nuestra persona los tres autores ponemos a vuestra disposición nuestros correos o perfiles en redes sociales, que de todo tenemos. ¡Gracias por leernos!

22 noviembre 2011

22denoviembre




El Sr. Mijangos me dice, siempre que le cuento lo que estoy leyendo, que me gustan los depravados. Esto pasa cuando leo a Burgess, a Highsmith, a Genet, a Bowles (ella y él) o a Spender. Pero se olvida que también me gusta esa literatura tan triste que te devasta y te vacia de cualquier sensación/sentimiento. Esto ocurre cuando leo a Gómez Arcos, a Cernuda, a Carver o a Arenas. Es cierto que a veces algunos de estos autores son ambas cosas: deparavados y tristes. Y también es verdad que alguno de ellos no dejaba de pelearse con esos tres dientes que se le caían tres veces por semana.
El otro día termine de leer uno de esos libros tristes y extraños que te dejan un sabor entre dulce y amargo en la boca. Y no es de ninguno de los autores antes mencionados. Es un libro que poca gente habrá leído, pero que esta lleno de tristeza y de un enigma que nunca se soluciona. Así son los grandes libros; te dejan una gran pregunta en la cabeza de la que nunca te vas a poder esconder y a la que nunca vas a poder responder.
El libro se llama Mañana otra vez, y el autor es un almeriense del 74 llamado Diego Moya. De los 14 cuentos el más inquietante es el titulado Plaza Urquinaona, un lugar en el que el protagonista encuentra un grupo de soldados de plomo que "querían venirse al país de la realidad, que estaban atrapados en los cuerpos prometidos y en las mentes que les regaló el hombre del parking", una plaza de una ciudad, Barcelona, "que ya no está en los mapas".
Por los cuentos de Moya desfilan, silenciosos y flotando, personajes cotidianos e insatisfechos que deambulan por un mundo que no está hecho a su medida. Uno de sus cuentos se llama Soledad y en el desgrana a esa gente sola, "...tanta gente sola".
El Sr. Mijangos me miraría con cierta cara de desaprobación si dijera que he disfrutado de este libro. Y yo, para cambiar de tema le diría que tengo ganas de leer su próxima novela. ¿Cuando podré hacerlo, Sr. Mijangos?

17 noviembre 2011

17denoviembre

No he vivido en Lavapiés, pero he vivido Lavapiés.




Entre las múltiples mudanzas que he tenido desde que vine a Madrid hace (tantos) años no he tenido casa en Lavapiés, excepto aquella vez que pasé dos semanas en casa de mi amiga Mónica, en la calle Salitre, mientras esperaba entrar a vivir a un piso al que al final no pude entrar. Pero esa es otra historia. Si que viví en la plaza Tirso de Molina, en aquel minúsculo piso, con Jose Miguel, que ha sido tantas cosas en los últimos años que se hace imposible una definición precisa. Él ha ilustrado la portada de dos de los tres libros que he publicado, y eso es mucho decir, por lo bonitas que han quedado y por las molestias que siempre se ha tomado para hacer un trabajo perfecto. Cuando vivía en ese piso tenia una vista magnifica de la plaza, de sus obras y de su gente y me gustaba entrar en Lavapiés e ir bajando hasta la plaza como si fuera un turista (nunca he dejado de ser turista en Madri, un extrañoenmd). También viví una temporada en la calle de La Ruda, que es la Latina, lo sé. Pero cuando vivía allí y me quede sin trabajo encontré en Lavapiés la solución a mi inactividad (y un poco a mi economía también, aunque no mucho). Estuve trabajando durante una temporada en el café Barbieri. Me acuerdo de Dora; ella era la mujer más maravillosa de Lavapiés, pero acabo desapareciendo de Lavapiés (y de Madrid). Me acuerdo de ese alemán lleno de músculos que tanto me imponía al principio y con el que tan buenas migas hice después. Me acuerdo de las leyendas acerca de los sótano y las señoritas que llevaba allí Alfonso XII (¿O era Alfonso XIII, no sé). Recuerdo que se murió el dueño y que el Barbieri siguió con las puertas abiertas como si nada. Recuerdo que trabajé con un actor que tenía un personaje episódico en El internado. Me acuerdo que una vez al alemán le robaron nada más cobrar la paga semanal. Recuerdo que la calle Primavera olía a pis y que aquello me parecía lagranparadoja. Recuerdo que atendí a Luis Antonio de Villena en la terraza. Recuerdo el sabor de sus tartas. Y sé que ese tiempo no volverá. Que ahora que vivo en un barrio más alejado apenas pongo el pie en Lavapiés. A no ser que mi amiga Aida me arrastre a tomar un gintonic una noche entre semana.
Y tengo que volver a Lavapiés, a visitar a amigosnoolvidados, a ver a mi exgato, que trasladó su domicilio allí. Tengo que volver a la calle de La Rosa. Tengo que volver.

Cuento todo esto, vuelvo a estos recuerdo, a causa de un libro que acaba de publicar José Ángel Barrueco, Vivir y morir en Lavapiés (Escalera, 2011). Jab me ha convertido en un personaje del barrio como si conociera todas estas historias que acabo de contar. Pero no las sabe, nunca se las he contado. Por esa me asombra la autenticidad de esas seis lineas que protagonizo.


Y es que ser protagonista, aunque sea episódico, de esta novela es un honor. Vivir y morir en Lavapiés es una novela trepidante y, sobre todo, muy real. Tan real que algunos de los episodios se parecen asombrosamente a algunos de los que viví yo mientras caminaba por Lavapiés. Esas mujeres asomadas al balcón, esos moritos que te ofrecen droga en las esquinas. Esos indios que te invitan a comer en sus restaurantes. Esos borrachos sentados en la plaza. La calle Argumosa. Vivir y morir en Lavapiés tiene todo eso y más. Hay que leerla, sentirse (de nuevo, por primera vez o por siempre) en el barrio. Meterse en la piel del vecino Jab y disfrutar. Sobre todo disfrutar.

Y recuerdo, más recuerdos, que en algún momento escribí un cuento sobre el barrio, Hugo y Amed en Lavapiés, que alguna vez dejé mi propia visión de ese barrio que siempre echaré de menos y que ese cuento es uno de mis preferidos.

10 noviembre 2011

10denoviembre

No siempre las cosas salen bien.

La ficción (y la realidad ficcionada) me ha hecho mucho daño. Siempre he deseado que en mi vida ocurriera lo que ocurre en los libros que leo. Ser de repente esa inocente Carol (Carol de Patricia Highsmith) que inicia una aventura que le lleva al éxito y dolor, porque lo que le ocurre es vida y en eso consiste. O ser Elsie (El hechizo de Elsie de Patricia Highsmith) encantar, enloquecer a la gente que te rodea y morir a sus manos. O estar al lado de Elsie, conocerla, enloquecer por ella, disfrutarla y continuar viviendo a pesar de todo. Ser Paul Bowles y viajar por Marruecos grabando canciones tradicionales (Cabezas verdes, manos azules), conocer a Jane, vivir con ella sin comprenderla, verla enloquecer sin cambiar el gesto, sobrevivirla, tener un loro y escribir El color púrpura. Ser la propia Patricia Highsmith y escribir novelas perversas, parecerse a un gato al envejecer y vivir-escribir Venecia. Ser Jane Bowles, no saber vivir, escribir una gran novela única y morir en Málaga. O ser Anthony Burgess, vivir siempre pendiente de tres dientes, escribir Poderes terrenales y Enderby por dentro, dos novelas imprescindibles y necesarias, y ser un hombre feo y desastroso en la vejez.
Ser, de repente, otro y que todo salga bien. Incluso cuando todo parece ser un desastre, una tragedia griega, pero en realidad todo es emocionante (para el que no lo vive, para el que lo observa desde el exterior, para el que no lo vive pero lo desea -el eterno dilema entre realidad y deseo del gran Cernuda-).
Es inquietante eso de querer ser otro, de no conformarse con ser uno mismo. A veces, como escritor, sueño con ser periférico, o maldito, o minoritario, con ser un autor diferente a los demás, que es de lo que se trata. Un autor debe jugar a ser él mismo. Y ganar. Sólo puede ser así. Escribir (aunque a veces no se escriba una palabra durante meses), publicar (aunque a veces no merezca la pena), leer lo que se escribe en actos públicos (aunque el público sea muy reducido), encontrarse por la calle o por recitales y presentaciones (aunque siempre es preferible encontrárselos por las calles) con sus compañeros de fatigas.
Nuestra vida es así, transcurre entre la pantalla del ordenador, los encuentros casuales entre iguales, la traducción simultanea de la realidad a pura ficción, las lecturas (entre emocionantes y decepcionantes) de los compañeros de generación y los maestros y la mirada curiosa a nuestro alrededor. Imagino que la vida del escritor es así porque mi vida es así.
Pero existen otras vidas, e intento imaginarlas. Vidas de personas con las que he cruzado mis pasos por las calles de Madrid. Escritores a los que miro con una mezcla de estupor y deseo, envidia y desolación (oscilando entre estos sentimientos según mi estado de ánimo).
Imagino como puede uno sentirse siendo una marca y dedicandose a, entre otras cosas, diseñar zapatos (Espido Freire), haciendo una gira por EEUU, dando conferencias y cenando con premiosnobeles (Eugenia Rico), teniendo 20 años y teniendo una columna en un periódico y un texto en un libro de la ESO (Luna Miguel), escribiendo tantos prólogos al año que podrían ocupar 500 páginas (Luis Antonio de Villena) o cuando tu nombre es citado en una serie de Tele5 y encima no es para bien (Lucia Etxebarria).
Me pregunto como puede sentirse uno así, pero, curiosamente no suelo refugiarme en sus libros, en sus ficciones. Los libros en los que me pierdo son de otros autores cuyos caminos vitales fueron más complicados, autores a los que las cosas no les salieron del todo bien y que, a pesar de todo, sobrevivieron.
A mi las cosas no me salen mal, pero tampoco puedo decir que me salgan bien, así que cuando me preguntan, aunque siempre me tienta decir que me va mal siempre digo que me va bien.
Me va bien, estoy atrapado en los túneles del metro de Madrid, de Bilbao a Puente de Vallecas una y otra vez, y viceversa, escribo son mi mirada (a veces sin necesidad de bolígrafo o teclado), me refugio en las palabras de Highsmith, Burgess y los Bowles como si con esa obsesión, con sus aventuras y desventuras, tanto ficticias como reales (siendo las reales igualmente de ficticias), pudiera salvarme de la vida, a veces tan absurda y tan miserable, me autodenomino como huérfano de cernuda (así, en minúscula) con la intención de sentirme parte de algo, porque, al fin y al cabo quiero parecerme a alguien, aunque sea un reflejo impreciso, levemente ficticio, pero real al fin y al cabo.

06 noviembre 2011

6denoviembre

Tiendo a la tristeza.
La acumulo con paciencia en mi interior, la mastico y, por las mañanas, la escupo sobre mis manos.
Tiendo a la tristeza en mis brazos.
Y salgo a la calle con los brazos extendidos, mostrándola sin pudor.
La gente me mira, lo sé. No me importa.
Pero el paseo siempre se acaba pronto.
Vuelvo a casa, me quito la tristeza de encima sacudiendo los brazos, escribo un poema (siempre el mismo) y vuelvo a fabricar tristeza.
tiendo a la tristeza. No puedo evitarlo.