NochesPensaba relatar, en este blog, la tristeza de mis vueltas a casa. Mi salida del trabajo. El pequeño paseo por las calles, atestadas de gente, del centro. Como me veo reflejado en los serios y tristes rostros de la gente del anden de enfrente. Como me afecta el silencio de los vagones de metro repletos de cuerpos humanos. Quería mostrar la oscuridad y el
vacío en la que se sume mi barrio (que no mi calle) a esas horas de la noche.
Pero justo la noche que iba a escribir sobre ello decidí cambiar el habito. Después del pequeño paseo por el centro me pasé por
Tipos Infames, esa librería que no deja de aparecer en la prensa. El lugar estaba lleno (para variar), así que pedí mi copa y me senté en una mesa. Esta decidiendo si iba a leer
El temblor de la falsificación de
Patricia Highsmith o a escribir un poco (en plan escritor bohemio que se inspira ante una copa de vino) cuando apareció Margarita y le invité/se invitó a sentarse conmigo. Siempre es un placer encontrarte con alguien por sorpresa y tomar una copa mientras se habla de esto, de lo
otro y de lo de más
allá. Bueno, primero una copa (en la mesa) y después otra (en la barra, cuando la librería ya había cerrado en
compañía del infame número uno y del infame número tres), hablando de
Zazie en el metro de
Raymond Queneau, de
Boris Izaguirre, de la editorial
libros del k. o., de la vida en general, de nuestra vida en particular y de alguna vida ajena. Después fuimos a tomar unas cañas a uno de esos sitios que no son modernos, pero están llenos de nosotros. Mientras hablábamos y bebíamos cañas la voz se me fue apagando y el queso fundido del
sandwich que estaba comiendo se abrazaban a los hierros que tengo junto al cielo de mi boca (qué bonito suena el cielo de mi boca y qué fácil es tocarlo con los dedos). Después cada uno nos fuimos por nuestro lado. Caminé junto con el infame número tres, que llevaba una de las novedades de
Periferica en el bolsillo del chaquetón, hasta el metro de Tribunal. La gente no había cambiado de una noche a otra; la tristeza estaba en sus ojos, en sus caras. Ni siquiera en las caras levemente
alcohólicas se disipaba de todo ese sentimiento. Ni siquiera a mi mirada, levemente distorsionada por el alcohol, se le escapaban los rasgos tristes que la vida acumula en nuestros rostros. La teoría del espejo sigue funcionando a pesar de todo.
Cuando salí del metro en mi barrio lo descubrí invadido por la niebla. Estaba oscuro, pero la niebla, profunda y blanca, daba a la escena una sensación diurna y misteriosa. Esa noche era diferente. Quizás esa era la señal de que la vida, a partir de ese momento, podría ser diferente. Un signo de que puedo tomar las riendas para que todo cambie. El jueves, de alguna manera, se confirmó este hecho; el cambio es posible (si yo quiero).