Llegué otra vez tarde, perdido en una combinación de líneas que me trajo de nuevo esa sensación de extraño en md, de la que sabe mucho Iñaki Echarte.
(Eduardo Laporte en El náuGrafo digital)

27 diciembre 2011

27dediciembre

10de2011

Ya que ningún suplemento cultural me pregunta cuales son las mejores lecturas de este año que acaba, tomo la iniciativa y os la cuento por riguroso orden alfabético de autor:

José Ángel Barrueco. Vivir y morir en Lavapiés. Escalera. 2011.

Dan Fante. Chump change. Sajalin editores. 2011.

Patricia Highsmith. Carol. Anagrama. 1991.

Patricia Highsmith. La casa negra. Alianza Editorial, 1994.

José Infante. El dardo en la llaga (Poemas porno satíricos). Ediciones Vitruvio, 2011.

Antonio Jiménez Paz. Zoo sin fauna (poemas escogidos). 23 escalones e-ditores independientes, 2011.

Pedro Lemebel. Loco afán. Anagrama/La Página. 2009.

Horace McCoy. ¿Acaso no matan a los caballos? El País serie negra, 2004

Diego Moya. Mañana, otra vez. El quid ediciones. 2010

Raymond Queneau. Zazie en el metro. Marbot. 2011.

20 diciembre 2011

20dediciembre

No tengo remedio. El otro día inauguré mi bibliotecaHigsmith y la coloqué en un sitio predominante de mi salón. Y sólo estoy a ocho libros (8) de completar mi bibliotecaHighsmith. A saber: Las dos caras de enero, El grito de la lechuza, El diario de Edith, Gente que llama a la puerta, A merced del viento, Los cadáveres exquisitos, Una afición peligrosa y Miranda the panda is on the veranda (ese libro infantil que se cotiza a 300 euros y que cualquier buena persona puede regalarme con amor).


En breve, noticias sobre mi bibliotecaBurgess.

13 diciembre 2011

13dediciembre

en el metro



Suelo leer en el metro. Uno de los últimos libros que he leído ha sido Zazie en el metro de Raymond Queneau (Marbot, 2011). Llevaba detrás de esta novela mucho tiempo. Tanto que ya ni recuerdo que libro me había llevado a ella. Porque así es como elijo los libros. De uno sale otro, de otro sale otro más, y el camino es infinito. Busqué esta novela por todos los lados, incluso por librerías de segunda mano, pero no tuve suerte. Hasta que vi una foto de la librería Tipos infames la novela que tanto he buscado, junto con la reinterpretación de Demipage de sus Cien mil millones de poemas.
He seguido los pasos de Zazie en busca del metro mientras viajaba, en metro, por las entrañas de Madrid. Es curioso. Me monto todos los días en el metro, voy, vengo, y a veces voy y vengo otra vez. Y Zazie va a París, esa ciudad que hay que revisitar, y su ilusión es viajar en el metro. Pero hay huelga, y Zazie se enreda en la ciudad, persigue, escapa, se esconde, camina por París, y no puede entrar en el metro. (Lo cierto es que hay un par de capítulos inéditos en los que Zazie entra al metro, pero a mi me gusta que no pueda entrar).
La novela es, desda la primera palabra (peroquienapestasí), deliciosa, ágil, llena de vitalidad, delirante. Queneau juega con el lenguaje como nadie. Y la traducción de Fernando Sánchez Dragó (sí, Sánchez Dragó) mantiene el nivel en castellano.
Ha valido la pena encontrar esta novela, descubrirla, tener la certeza de que se puede escribir de otra manera, saber que se puede disfrutar de una novela como si fuera de la vida misma. Lean Zazie en el metro, y después vayan a París e imaginen que son Zazie. Si no es posible disfruten de la película, basada en la novela que hizo Louis Malle.

09 diciembre 2011

9dediciembre

Noches

Pensaba relatar, en este blog, la tristeza de mis vueltas a casa. Mi salida del trabajo. El pequeño paseo por las calles, atestadas de gente, del centro. Como me veo reflejado en los serios y tristes rostros de la gente del anden de enfrente. Como me afecta el silencio de los vagones de metro repletos de cuerpos humanos. Quería mostrar la oscuridad y el vacío en la que se sume mi barrio (que no mi calle) a esas horas de la noche.
Pero justo la noche que iba a escribir sobre ello decidí cambiar el habito. Después del pequeño paseo por el centro me pasé por Tipos Infames, esa librería que no deja de aparecer en la prensa. El lugar estaba lleno (para variar), así que pedí mi copa y me senté en una mesa. Esta decidiendo si iba a leer El temblor de la falsificación de Patricia Highsmith o a escribir un poco (en plan escritor bohemio que se inspira ante una copa de vino) cuando apareció Margarita y le invité/se invitó a sentarse conmigo. Siempre es un placer encontrarte con alguien por sorpresa y tomar una copa mientras se habla de esto, de lo otro y de lo de más allá. Bueno, primero una copa (en la mesa) y después otra (en la barra, cuando la librería ya había cerrado en compañía del infame número uno y del infame número tres), hablando de Zazie en el metro de Raymond Queneau, de Boris Izaguirre, de la editorial libros del k. o., de la vida en general, de nuestra vida en particular y de alguna vida ajena. Después fuimos a tomar unas cañas a uno de esos sitios que no son modernos, pero están llenos de nosotros. Mientras hablábamos y bebíamos cañas la voz se me fue apagando y el queso fundido del sandwich que estaba comiendo se abrazaban a los hierros que tengo junto al cielo de mi boca (qué bonito suena el cielo de mi boca y qué fácil es tocarlo con los dedos). Después cada uno nos fuimos por nuestro lado. Caminé junto con el infame número tres, que llevaba una de las novedades de Periferica en el bolsillo del chaquetón, hasta el metro de Tribunal. La gente no había cambiado de una noche a otra; la tristeza estaba en sus ojos, en sus caras. Ni siquiera en las caras levemente alcohólicas se disipaba de todo ese sentimiento. Ni siquiera a mi mirada, levemente distorsionada por el alcohol, se le escapaban los rasgos tristes que la vida acumula en nuestros rostros. La teoría del espejo sigue funcionando a pesar de todo.
Cuando salí del metro en mi barrio lo descubrí invadido por la niebla. Estaba oscuro, pero la niebla, profunda y blanca, daba a la escena una sensación diurna y misteriosa. Esa noche era diferente. Quizás esa era la señal de que la vida, a partir de ese momento, podría ser diferente. Un signo de que puedo tomar las riendas para que todo cambie. El jueves, de alguna manera, se confirmó este hecho; el cambio es posible (si yo quiero).

06 diciembre 2011

6dediciembre

hermano



Cuando José Luis Serrano (aka elputojacktwist) me mando su nueva novela Hermano (Egales, 2011) la cogí entre mis manos y leí la contraportada. Me entró un poco de miedo; me hice mis coordenadas mentales y pensé que no me iba a gustar. Pensé que iba a leer una novela de descubrimiento sexual con un nativo asiático, birmano en este caso. Había leído por ahí que el libro no tenía ninguna escena sexual, pero no las tenía todas conmigo. Hace unos meses ya leí una novela con mucho sexo ambientada en el sudoeste asiático; Un ángel disfrazado de fantasma (bubok, 2011) de Jesse Gray y ya me había quedado satisfecho con la experiencia. No me apetecia repetir.
Así que comence a leer Hermano con cierto temor, con miedo a encontrarme una escena de sexo en la primera página, en el baño del aeropuerto. Pero, para mi sorpresa, me encuentro con un libro totalmente diferente al imaginado. Hermano es un libro escrito con delicadeza, que habla del amor con letras mayúsculas, que explora ese sentimiento entre el turista y el nativo que es superior al amor y el deseo. Ambos sentimientos están ahí, entre los protagonistas, pero también están la amistad, la complicidad, y las necesidades de los personajes; el turista necesita un guía, un protector y el nativo necesita un benefactor, una fuente de ingresos. Y todo esto junto puede ser un coctel tremendo. Con todo esto se puede construir una novela obvia, ramplona, llena de lugares comunes o se puede escribir una novela bella, llena de detalles, una novela sensible, digna de esas películas clásicas donde la actriz de Hollywood vivía aventuras en tierras africanas. Hermano es como estas películas, mejor que estas peliculas.
Hay un par de pasajes en esta novela realmente increíbles. Uno lo protagoniza un recepcionista de un hotel que intenta hacer lo que el turista espera de él, y se queda con las ganas. El otro lo protagoniza una gota de sudor a lo largo del cuerpo de un nativo; la escena más sexual de una relación en la que los protagonistas a penas se tocan.
Sin duda es una de esas novelas que hay que leer este año, y releer el año que viene.